Charla con Paco Vivo
La pintura del siglo XXI. Mirada sobre una “Pintura sin Límites” a través de artistas internacionales.
Viernes 20 de febrero a las 19 h.
Teniendo como base la pintura, buscamos acercar al público a un arte que muchos perciben como incomprensible. Analizaremos casos prácticos de artistas internacionales, como: Martin Assig, Roy Aurinko, Albert Oehlen, etc., intentando explicar la diversidad y complejidad del mundo artístico con un enfoque sencillo y riguroso, alejándonos de lo académico para sustentarnos en experiencias personales, esperando, también, la participación activa de los asistentes.
Stefan Ettlinger
(Alemania 1958)
La obra de Stefan Ettlinger se sitúa en el cruce entre pintura, cine y música, articulando un territorio híbrido donde la imagen se convierte en campo de experimentación. Sus composiciones parten de fragmentos fotográficos personales y fotogramas de películas que son desestructurados y reorganizados bajo una lógica subjetiva.
En su pintura, el lienzo funciona como un espacio de montaje fílmico, donde las escenas se suceden en viñetas que evocan el lenguaje del cómic. En este proceso, la temporalidad aparece formalmente mediante superposiciones, desplazamientos y rupturas de perspectiva. Mientras que el color actúa como fuerza estructural o como elemento de tensión, liberado de toda función descriptiva.
La mirada realista emerge y se disuelve en campos semiabstractos que cuestionan la estabilidad de la imagen, en tal situación los personajes, a menudo secundarios o descentrados, subrayan la primacía del espacio pictórico sobre la narrativa. El artista rehúye el relato lineal y propone múltiples recorridos visuales, invitando al espectador a reconstruir sentidos en un entramado abierto.
En diálogo con la tradición post-expresionista europea, Ettlinger reactiva la pintura como proceso crítico. Su práctica interdisciplinaria amplía el marco pictórico hacia lo performativo y sonoro. Este texto propone entender su trabajo como una reflexión poética sobre cómo mirar —y repensar— las imágenes en la contemporaneidad.
Martin Assig
(Alemania, 1959)
La obra de Martin Assig se despliega como un territorio de tensión entre contundencia y delicadeza, donde la firmeza de la imagen convive con una sensibilidad casi susurrada. Su pintura, realizada principalmente en encáustica, se sostiene en una economía formal rigurosa que intensifica su potencia simbólica.
Assig construye un universo de signos: geometrías elementales, cuerpos esquemáticos y formas orgánicas que remiten tanto a la naturaleza como a paisajes mentales. Estos elementos, a menudo ensamblados como collages, se articulan en un equilibrio inestable entre símbolo y ornamento. De esa fricción emergen resonancias complejas, disonancias necesarias que expanden su sentido.
Su pintura no describe, propone. Las figuras no imitan la realidad, sino que operan como sistemas de signos que traducen estados interiores. En un aparente hermetismo, Assig invita a una contemplación lenta, donde el significado no se impone de inmediato, sino que se revela gradualmente, como una flor que se abre. La experiencia del espectador se vuelve entonces central: no hay mensaje único ni lectura cerrada, sino un espacio de activación sensible.
En la repetición casi litúrgica de motivos, su obra adquiere un pulso ritual, una salmodia visual que transforma lo tangible en umbral de lo invisible. Cada elemento pictórico actúa como fuerza viva, orientada a trascender su materialidad y a rozar lo espiritual. Así, la pintura de Assig se convierte en un lugar de pensamiento y revelación, donde conviven los opuestos: paz y desasosiego, certeza y misterio.
Roy Aurinko
(Finlandia, 1972)
La pintura de Roy Aurinko irrumpe como un gesto audaz y desinhibido, una inmersión directa en un territorio donde la materia precede a la idea. Su práctica, anclada principalmente en el óleo, convierte el lienzo en un campo de interacción más que de representación, un espacio donde el cuerpo actúa antes de que la mente ordene. Pintar es para Aurinko un acto físico, casi performático: presión, roce, raspado, duda y rectificación quedan inscritos como huellas visibles de un proceso en tensión constante.
La superficie se construye a partir de intervenciones sucesivas que oscilan entre el impulso vehemente y la pausa meditativa. Como en una improvisación de jazz, el ritmo y el movimiento articulan una estructura que parece espontánea, pero descansa en años de experiencia y disciplina. El aparente caos se organiza desde dentro, sostenido por una memoria que emerge en capas, revelada en desgarraduras que exponen estratos anteriores de pintura y de tiempo.
Aurinko abraza la abstracción como un territorio de libertad donde pensamientos, sensaciones y recuerdos se traducen en formas inestables y colores erosionados. Sin jerarquías claras ni narrativas evidentes, las imágenes coexisten en un mismo plano, sugiriendo un espacio mental fragmentado. Ecos figurativos —cuerpos embrionarios, miembros insinuados— aparecen y se desvanecen, activando una pareidolia inquietante que nunca se resuelve del todo.
Lejos de buscar la belleza ideal o la armonía clásica, su obra afirma la presencia fáctica del material, la torpeza deliberada, el equilibrio a punto de colapsar. El gesto ya no promete salvación, pero sigue siendo necesario: una afirmación mínima de verdad frente a un mundo sin certezas. Así, la pintura se convierte en vestigio y resistencia, en acto primario donde el cuerpo sabe antes que la mente y donde cada marca es prueba de vida.