El cuarto oscuro
Han van Acoleyen · Mito del presente · 16/10–30/12
Llar Algueró · Activar la carne. Comisariado: Iván Arana · 6/11–20/11
Elia Torrecilla · Intersticios. Prácticas para hacerse un hueco o siempre nos quedará París · 27/11–19/12
El espacio expositivo nunca es neutro. Brian O’Doherty lo formuló con claridad al analizar el “cubo blanco” como una arquitectura que condiciona la mirada y define, de antemano, cómo debe ser percibida una obra. Frente a ese modelo, buena parte del comisariado contemporáneo ha explorado cocinas, apartamentos, habitaciones, escaparates y espacios residuales como lugares capaces de producir otras relaciones entre obra, arquitectura y espectador.
Uno de los ejemplos más conocidos es The Kitchen Show, organizada por Hans Ulrich Obrist en 1991 en la cocina de su apartamento. Allí, la exposición no consistía simplemente en trasladar obras a un espacio doméstico, sino en trabajar con aquello que ese espacio ya contenía como su escala, sus usos, sus objetos y su intimidad.
Esta lógica continúa apareciendo hoy en proyectos que activan rincones, zonas comunes o arquitecturas aparentemente secundarias. Domicilio Particular, un proyecto de Ana Serratosa Gallery & Art Spaces en Valencia, por ejemplo, invita a distintos artistas a intervenir espacios específicos de un edificio, haciendo que escaleras, rellanos y lugares de tránsito entren a formar parte del proyecto. En otra dirección, el programa OFF-SITE de Swab Barcelona ha puesto el foco recientemente en espacios independientes que reutilizan lugares no convencionales, residuales o en desuso, entendiendo precisamente esas condiciones arquitectónicas como una posibilidad para generar otras formas de exhibición.
El Cuarto Oscuro parte de esa misma lógica. Un hueco bajo la escalera de Efímera, un lugar que en principio no debería ser expositivo, se convierte en espacio de experimentación. Su escala reducida, su oscuridad y su condición residual obligan a cada propuesta a negociar directamente con la arquitectura. Más que adaptar obras a un espacio pequeño, la sección se pregunta qué puede suceder precisamente allí.
En Mito del presente, Han v. Acoleyen aborda ese espacio desde una reflexión casi cosmogónica sobre materia, luz y conciencia. Su propuesta se sitúa en un umbral donde lo físico y lo intangible dejan de entenderse como estados opuestos y comienzan a aparecer como dimensiones conectadas. Materia, energía, vibración e información forman parte de un mismo proceso de transformación, en el que aquello que parece sólido contiene también una dimensión latente y cambiante. El carácter recogido de El cuarto oscuro refuerza esa condición de umbral y convierte la obra en una experiencia más perceptiva e inmersiva que objetual.
En Activar la carne, de Llar Algueró y comisariada por Iván Arana, esa condición marginal del espacio adquiere una dimensión política. Vídeo, escultura, restos arquitectónicos y materias orgánicas construyen un organismo híbrido en el que cuerpo y territorio dejan de funcionar como entidades separadas. El propio bajo escalera, concebido como espacio sobrante, se convierte aquí en metáfora de aquellas corporalidades desplazadas de los espacios normativos.
Por su parte, Intersticios. Prácticas para hacerse un hueco o siempre nos quedará París, de Elia Torrecilla, parte de una investigación performativa sobre el caminar, el tacto y las pequeñas grietas de la ciudad. La artista introduce la mano en fisuras, perforaciones y oquedades del espacio urbano, entendiendo estos lugares mínimos como zonas de posibilidad. Trasladada a El cuarto oscuro, la grieta se convierte en umbral, la mano en herramienta de exploración y la arquitectura en una superficie sensible susceptible de ser tocada y activada.
Las tres propuestas parten de lenguajes muy distintos, pero comparten una atención hacia aquello que normalmente queda fuera del centro: el hueco, la grieta, el resto, lo desplazado. En El cuarto oscuro, esa condición deja de ser secundaria para convertirse en el punto de partida de la exposición.