Entrevista a Diego Lobenal

Entrevista con motivo de su charla/coloquio sobre Claymore que se celebra en Efímera el 12 de febrero.

Entrevista a Diego Lobenal

Créditos de la imagen: María Luisa Prior

Háblanos de tu trabajo para aquellos que no conocen tu obra

Trabajo desde el cruce entre cuerpo, imagen y sistemas de poder contemporáneos. Vengo de la performance, pero mi práctica es híbrida: atraviesa lo escultórico, lo digital, el archivo y la curaduría. Me interesa el cuerpo como superficie política y como territorio donde se inscriben tensiones sociales, tecnológicas y económicas. No trabajo tanto con obras cerradas como con procesos que se activan en distintos formatos y contextos.

Esta forma de trabajar tiene que ver con una desconfianza hacia la obra entendida como objeto autónomo y con un interés mayor por los dispositivos que producen sentido: el gesto, la exposición, la mediación, el tiempo compartido. En ese sentido, mi práctica dialoga tanto con la tradición de la performance —de artistas como Chris Burden, Gina Pane o Santiago Sierra— como con lecturas más recientes sobre cuerpo y tecnología, desde Donna Haraway hasta Paul B. Preciado. Me interesa pensar el cuerpo no como esencia, sino como interfaz: algo que traduce, filtra y devuelve las violencias y deseos del contexto en el que se inscribe.

En breve presentarás una charla dedicada a Claymore, una performance que defines también como experimento artístico. ¿Qué puedes adelantarnos sobre este proyecto?

Claymore parte de una investigación sobre el entorno digital entendido como campo de batalla. La pieza se articula desde una metáfora bélica contemporánea: ya no combatimos con armas visibles, sino con interfaces, datos, atención y exposición constante. La performance funciona como un experimento porque pone en riesgo al cuerpo, al relato y a la posición del artista, sin garantizar un resultado estable o cómodo. Esta investigación nace de observar cómo el lenguaje militar ha colonizado el ámbito tecnológico y cotidiano: hablamos de ataques, defensas, estrategias, objetivos, viralidad. La red se presenta como un espacio aparentemente inmaterial, pero profundamente violento en términos de extracción de valor, vigilancia y desgaste emocional. Claymore se sitúa ahí, en esa fricción entre lo visible y lo invisible, preguntándose qué lugar ocupa el cuerpo cuando todo parece suceder en la nube.

¿En qué consiste?

La claymore es una espada medieval, pero también una mina antipersona que se activa por contacto. Esa doble condición —herramienta y trampa— me servía para pensar el teclado, la pantalla o la identidad digital como armas que usamos a diario y que también nos explotan. Me interesaba explorar cómo el cuerpo se adapta, se tensa y se expone dentro de ese sistema, y hasta qué punto participamos voluntariamente en dinámicas que nos precarizan o nos fragmentan. La acción trabaja desde esa ambigüedad: no hay una denuncia frontal ni una posición moral cerrada. Hay, más bien, una puesta en escena del conflicto. En ese sentido, Claymore conecta con una tradición de prácticas performativas que utilizan el riesgo, la repetición o la resistencia como herramientas de pensamiento, pero trasladadas a un contexto atravesado por lo digital. El cuerpo aparece como zona de impacto, como lugar donde colisionan la épica, la violencia y la rutina tecnológica.

Después de la experiencia de Espacio Incógnita, comienzas una nueva etapa con La Central Baja. ¿Cómo dialogan ambos espacios y qué cambios propone este nuevo proyecto?

De Espacio Incógnita heredo la ética: el trabajo colectivo, el riesgo y la defensa de prácticas no normativas. Fue una escuela muy clara de cómo sostener un espacio desde la precariedad, pero también desde el deseo. En esta nueva etapa el planteamiento es distinto en términos de estructura y sostenibilidad. Estamos construyendo un proyecto con una base más sólida, que combine lo experimental con una planificación real a medio plazo. En ese sentido, vamos a lanzar un crowdfunding en Goteo para dar vida a este nuevo espacio e implicar desde ahora a la comunidad en su proceso de creación. Puedes conocer más sobre el proyecto y colaborar aquí.

Me interesa que el proyecto nazca acompañado, no como una infraestructura cerrada, sino como algo que se construye colectivamente.

Este nuevo espacio no se piensa únicamente como lugar expositivo, sino como un ecosistema de producción, encuentro y apoyo mutuo. Aprendiendo de experiencias previas y de modelos de autogestión cultural, el objetivo es generar condiciones más justas para los procesos artísticos, entendiendo la sostenibilidad no como un fin económico, sino como una cuestión política y afectiva.

Desde tu experiencia, ¿cómo ves ahora mismo la escena cultural en Murcia?

La escena cultural murciana tiene una energía muy potente a nivel independiente: artistas con discursos sólidos y una gran capacidad de autoorganización. La principal carencia es estructural: falta continuidad, recursos y cuidado institucional. El riesgo es el desgaste por precariedad o la fuga constante de talento. Aun así, ese contexto obliga a afinar mucho las prácticas, a generar alianzas y a construir escenas desde la cercanía. Murcia funciona muchas veces como laboratorio involuntario: aquí se ensayan formas de hacer con pocos medios, desde la colaboración y desde el error. Eso genera una escena especialmente sensible a lo procesual y a lo relacional, aunque también frágil. Me interesa pensar cómo transformar esa fragilidad en fuerza, sin romantizar la precariedad.

¿Qué crees que haría falta para mejorar?

Últimamente mi práctica está guiada por la relación entre identidad digital, cuerpo y economía de la atención. También por cómo el territorio —especialmente el sureste— condiciona formas de producir y de imaginar futuro. Me interesa pensar el cuerpo como archivo, como reliquia futura, y cuestionar una idea de progreso tecnológico desligada de lo material, lo afectivo y lo político.

Hay una pregunta constante por la memoria: qué se guarda, qué se pierde y qué se convierte en resto. En ese sentido, el cuerpo aparece como un lugar donde se acumulan datos, gestos, heridas y ficciones. No como algo estable, sino como una escritura en proceso.

¿Dónde encuentras la inspiración?

Me inspiran los mitos releídos desde el presente, la ciencia ficción como herramienta crítica y las prácticas que no separan del todo arte y vida. Visualmente me atraen las estéticas neomedievales, lo industrial y lo residual. Pero, sobre todo, me movilizan experiencias concretas: colaborar, sostener procesos largos, asumir el error y observar cómo una idea se transforma al pasar por otros cuerpos.

Autores como Ursula K. Le Guin, Mark Fisher o Donna Haraway aparecen más como atmósfera que como cita directa. Me interesa esa ciencia ficción que no habla tanto del futuro como del ahora, que sirve para nombrar lo que ya está ocurriendo. Claymore, haciendo alusión a su nombre de espada, no plantea la idea de utilizar armas para atacar, sino para defendernos. La pieza no propone una ofensiva, sino una toma de conciencia: entender qué herramientas estamos usando, cómo nos atraviesan y de qué manera podemos reapropiarnos de ellas sin destruirnos en el proceso.