Entrevista a Manuel Granados
Por Belén Vera
Manuel Granados desarrolla desde hace más de veinticinco años una práctica artística marcada por la idea del vacío como origen creativo y espacio de conciencia. Su obra, que abarca pintura, dibujo, fotografía y videoinstalación, explora la relación entre lo visible y lo invisible, lo mental y lo material, entendiendo la creación como un gesto previo a la forma. En De raíz virtual, la exposición que presenta en Efímera del 16 de enero al 1 de abril, Granados profundiza en estos cruces desde la tensión entre lo orgánico y lo digital, proponiendo un territorio donde imagen, cuerpo y pensamiento dialogan. Su práctica se mueve entre arte, moda y cultura, defendiendo el anonimato como un espacio de libertad para la obra.
Eres murciano, pero migraste a Barcelona hace años. ¿Cómo ha influido ese desplazamiento en tu forma de ver el mundo y en tu relación con la tierra y la raíz?
La distancia crea una nueva perspectiva y esa perspectiva permite ampliar la mirada sobre cualquier cosa. Al mirar la raíz desde lejos, no te separas de ella, al contrario, comprendes mejor lo que te ha nutrido. Esa visión amplia te ofrece, además, la posibilidad de desligarte, de crear nuevas ramas, de volar. En definitiva, te permite ser más libre. Estar lejos de tu origen, en un lugar donde nadie te conoce ni espera nada de ti, incrementa ese grado de libertad. Y es precisamente esa libertad la que te permite ver la raíz con mayor nitidez… al tiempo que te libera de ella.
Has transitado por territorios como la moda, la ilustración y las artes visuales sin quedarte atrapado en ninguno. ¿Qué te ha dado esa tangencialidad?
Parece que siempre resulta más interesante aquello que no estás haciendo. Hay una fuerza latente en la no-acción que impulsa la acción. Cuando estás en la moda, surge el deseo de hacer arte; si dibujas, quieres escribir; y si escribes, la videoinstalación te está llamando. Estar en un lugar despierta la necesidad de moverse hacia el otro. Todo responde a un devenir más grande que uno mismo, donde el cambio actúa como una ola inevitable que te apetece surfear, y no dejar que la inercia te arrastre. Por eso necesito un cambio constante entre herramientas y lenguajes, según lo requiera la idea o la propia obra. La herramienta se puede agotar, pero el propósito casi siempre es el mismo: la búsqueda de la formalización de un concepto, pero sobre todo la búsqueda de una trascendencia.
Tu trabajo mezcla materia, espíritu, naturaleza y cultura. ¿Cómo dialogan estos polos en tu proceso creativo?
Para mí, todo proceso creativo nace del diálogo entre lo visible y lo invisible. Cada obra articula tres dimensiones que se entrelazan constantemente: lo físico, lo mental y lo espiritual. La materia necesita una idea, y esa idea un propósito que a menudo tiene una raíz difícil de explicar, pero perceptible. No se trata de entender cómo se unen, sino de sentir el equilibrio que se genera entre ellas. Del mismo modo, en mi trabajo, naturaleza y cultura, cuerpo y alma, tecnología y vida orgánica no se oponen, sino que se complementan. El arte surge precisamente de esa interrelación: una forma tangible que también es eco, intuición y experiencia, donde lo importante no es cada elemento por separado, sino lo que emerge de su unión.
Tu exposición, De raíz virtual, parte de la idea de que “el primer acto ecologista es el conocimiento del yo”. ¿Cómo surgió esta convicción y cuándo empezaste a relacionarla con tu práctica artística?
Mi trabajo comienza siempre desde la idea. No parto de imágenes, sino del pensamiento. Antes de lo visual necesito escribir, ordenar y escuchar lo que surge en el silencio, en un estado de quietud voluntaria donde el vacío no es ausencia, sino posibilidad. De ahí nace la convicción de que el primer gesto ecológico es el autoconocimiento: sin saber quién actúa, no es posible comprender el alcance de lo que se hace. Por eso, antes de cualquier acción, me planteo tres preguntas básicas: quién actúa, qué hace y hacia dónde se dirige. Frente al ruido actual en torno a la sostenibilidad, a menudo reducido a consignas, reivindico una reflexión crítica y consciente. No se trata de negar lo colectivo, sino de asumir que cada individuo es, en sí mismo, un pequeño colectivo responsable. Desde ahí, el arte, la ciencia y el pensamiento pueden operar con libertad, corregirse mutuamente y construir formas de acción más justas y conscientes.
¿Cómo nace la idea de trabajar con la arquitectura del árbol como metáfora central del proyecto?
La arquitectura del árbol nace como una metáfora visual y espiritual para hablar de dualidades complejas: cuerpo y alma, materia y espíritu, origen y destino. La raíz representa el origen, lo invisible, la nutrición profunda. La rama representa la expansión, la aspiración, el deseo de llegar más allá. Ambas son opuestas y complementarias, necesitan convivir para dar vida. La raíz sin rama se marchita. La rama sin raíz se pierde. Por eso la estructura arbórea resulta tan poderosa: porque expresa la tensión vital entre sostenerse y crecer, entre recordar y transformarse. Cuando el ser dual habita el tiempo genera estructuras arbóreas, cada bifurcación es una decisión, una huella. Las ramas y raíces son memoria viva.
Tus ensamblajes incluyen materiales orgánicos e industriales, objetos bellos y restos triviales. ¿Qué papel juega esta heterogeneidad y el concepto de “Basura Cero” en la narrativa de la obra?
El concepto de “Basura Cero” en mi trabajo no es ecológico, es filosófico. Si cualquier elemento, por insignificante, banal o industrial que sea, puede formar parte de una obra, entonces no hay desperdicio. Todo es potencialmente valioso. Nada sobra. Este principio parte de una convicción profunda: todo está interconectado y solo a través de la conexión de lo diferente se crea complejidad; y la complejidad es imprescindible para la conciencia. Lo heterogéneo tiene un valor sustancial en la mirada del ser que busca. Usar esta heterogeneidad no es casual: es una forma de decir que el mundo y, por supuesto, nosotros mismos, estamos hecho de muchas capas, de muchas contradicciones. Y en ese entrelazamiento, incluso lo más trivial puede tener sentido. Esa es, para mí, la base de una ecología radical: no dejar nada fuera.
La exposición propone un montaje orgánico, casi improvisado. ¿Por qué es importante esa flexibilidad?
La libertad en el montaje permite que surja una unidad nueva, donde cada pieza encuentra su sitio no por norma, sino por afinidad, por resonancia. Y en esa resonancia, lo intuitivo también tiene un papel fundamental.
¿De dónde parte la idea de convertir una caja de Amazon, símbolo del consumo global, en un espacio mental o espiritual? Que narrativa se sigue en el diálogo de los nueve videos que se proyectan en su interior?
La idea de convertir una caja de Amazon en un espacio expositivo surge del deseo de crear un lugar simbólico que remita al mundo mental en el que habitamos. Una caja vacía es solo un contenedor, pero una caja de Amazon concentra una fuerte carga cultural: deseo, espera, ansiedad, consumo. No se trata tanto de criticar ese consumo como de señalar que vivimos también en espacios imaginados, mentales y emocionales. La caja funciona así como metáfora de ese “teatro interior” donde se construyen nuestras experiencias, y por eso la videoinstalación no se muestra en una sala tradicional, sino dentro de ese espacio simbólico. En su interior se proyectan nueve vídeos que forman parte del proyecto Cuerpo Virtual. El número nueve simboliza el cierre de un ciclo completo, una estructura relacional que emerge del encuentro entre el yo y el otro y culmina en una totalidad. Los vídeos se construyen a partir de imágenes apropiadas de redes sociales —lujo, poder, deseo—, fragmentos de un imaginario colectivo que habita lo digital. No importa tanto su contenido como la idea de que todos compartimos una vida paralela en lo virtual: perfiles, avatares, proyecciones, un segundo cuerpo. Al proyectarse dentro de la caja, estas imágenes se distorsionan y se cruzan con lo simbólico, generando un nuevo territorio perceptivo. El sonido incorpora frases del Tao Te Ching, que introduce una dimensión espiritual ligada al vacío y la dualidad. Entre el ruido visual y la saturación de estímulos, emerge una experiencia sensorial que no se comprende del todo, pero se intuye. La instalación propone así una reflexión poética sobre cómo habitamos lo imaginario, lo virtual y lo espiritual en el mundo contemporáneo.
¿Cómo conviven lo manual y lo digital en tu práctica? ¿Hay un equilibrio o una tensión entre ambos?
En mi práctica, lo manual y lo digital no están en conflicto, sino que se complementan de forma natural. No hay una lucha entre ambos lenguajes, sino una relación de equilibrio y necesidad mutua. A medida que las herramientas digitales, como la inteligencia artificial, avanzan, también se refuerza lo manual. Van creciendo juntas, sin que una sustituya a la otra. Esta relación se refleja en mi proceso creativo: construyo un árbol de forma manual, lo registro digitalmente con una cámara, lo edito en el ordenador, lo imprimo, lo arrugo, lo pinto, lo rompo… y así vuelve a ser materia. Lo digital y lo físico se entrelazan en cada etapa. No se trata solo de técnicas, sino de un concepto que define la acción. Como una homeostasis entre realidades que, forman parte de la misma experiencia creativa.
¿Qué papel crees que tendrá la espiritualidad en el arte ecológico del futuro?
La verdadera ecología no se limita al cuidado del entorno natural, sino que implica también un conocimiento profundo de uno mismo. Todo conocimiento necesita una conexión con su trascendente para no ser una prisión espacio-temporal. La espiritualidad es nombrada de mil formas diferentes según la necesidad de quien busca, pero el propósito es el mismo en todas las búsquedas y en todos los ámbitos: el encuentro de la unidad con la dualidad.