Entrevista a Paulo Arraiano

Entrevista a Paulo Arraiano



A menos que el agua sea más segura que la tierra toma el océano como punto de partida para pensar la memoria, la violencia y el desplazamiento, activándolo como un archivo vivo donde se entrelazan historias, cuerpos y territorios. A través de una poética que cruza ciencia, mito y tecnología, el proyecto explora cómo los ecosistemas y las vidas humanas están atravesados por dinámicas extractivas, migratorias y geopolíticas.


La práctica de Paulo Arraiano se articula en torno a lo que él denomina una “sismografía visual”, una forma de analizar desplazamientos y tensiones en relación con los paradigmas naturales, sociales y culturales contemporáneos. Su trabajo conecta el cuerpo, el paisaje y la tecnología para abordar cuestiones vinculadas a la crisis climática, el Antropoceno y las geografías del desequilibrio.


En esta entrevista, conversamos con el artista sobre el océano como archivo y agente, las continuidades del extractivismo y las posibilidades de imaginar otras formas de relación y coexistencia en un contexto de crisis global.

Tu proyecto A menos que el agua sea más segura que la tierra conecta distintas geografías a través del océano como un archivo vivo de memoria, violencia y desplazamiento. ¿Cuál es el núcleo conceptual de este trabajo?


A menos que el agua sea más segura que la tierra reside en el océano como testigo vivo, un archivo donde la memoria, los cuerpos y las historias circulan, se sedimentan y, en ocasiones, colisionan. En el proyecto anterior, conectar Lagos (Nigeria) con Lagos (Portugal) no era solo un gesto geográfico, sino una forma de trazar hilos invisibles de historias coloniales, diásporas y migraciones humanas y no humanas que siguen dando forma a nuestro presente. El agua transporta estas historias, pero también las transforma, ofreciendo un espacio donde aquello que se perdió, se ocultó o fue silenciado puede emerger y tomar forma.


Aquí, el océano se convierte en un colaborador: mide el tiempo de otra manera, moldea la percepción y nos recuerda que los cuerpos y los entornos son inseparables. A partir de mitos, rituales y cosmologías ancestrales, las obras activan el mar como un lugar donde conviven la violencia, el anhelo y la resiliencia, y donde pueden surgir formas alternativas de imaginar el cuidado y la pertenencia. El proyecto nos invita no solo a observar, sino a sumergirnos, a sentir las corrientes de la historia, a escuchar lo que el agua recuerda y a habitar un espacio que es al mismo tiempo íntimo, ancestral y planetario. Es tanto una meditación como una provocación, una forma de pensar con el océano como archivo vivo y sensible.



El océano aparece como archivo, frontera y espacio de memoria. ¿Cómo trabajas esta dimensión simbólica y material del agua?


Para mí, el océano nunca es simplemente un fondo; es a la vez archivo y agente, material y simbólico. Trabajo con el agua como un espacio donde convergen historias, energías y memorias, donde fuerzas humanas, tectónicas y ancestrales se encuentran y se moldean mutuamente. En este sentido, el agua se convierte en un colaborador, portando huellas de violencias y migraciones pasadas, al tiempo que sostiene futuros posibles.


Conceptualmente, mi trabajo se articula desde un pensamiento pan-oceánico, entendiendo el océano como un tejido conectivo entre continentes, diásporas y cosmologías. Me apoyo en referencias como Derek Walcott, Drexciya o José María Arguedas, que abordan el agua como portadora de memoria, identidad y resistencia. Los océanos, en este sentido, son a la vez fronteras, puentes y archivos vivos.


En la práctica, el agua es el punto de partida y el elemento guía. Mis instalaciones, vídeos y performances siguen sus flujos y ritmos, permitiéndole moldear la percepción, el tiempo y la memoria. El océano se convierte así en un medio para la escucha y la transformación, conectando mundos humanos y más-que-humanos, y abriendo un espacio donde las historias pueden revisitarse y reimaginarse.



En la exposición sugieres que el extractivismo del pasado colonial continúa hoy a través de la tecnología y la explotación de recursos. ¿Qué relación ves entre el extractivismo histórico y el digital actual?


“(…) quién navegará las nuevas carabelas, naves espaciales… por qué océanos, qué estrellas […] quién será el patrón o el rey (…) quién será forzado a navegar o a nadar estas aguas oscuras, y a excavar en el vientre del planeta en busca de cristales que nos guíen hacia la nube (…)”

— extracto de Wired tides, Blue Gold, White Bones, Paulo Arraiano


Veo una continuidad entre el extractivismo histórico y las corrientes que configuran nuestro presente, fluyendo como mareas profundas a través del tiempo. El extractivismo colonial desplazó humanos, minerales y ecologías a través de los océanos, rompiendo relaciones, sistemas de conocimiento y conexiones ancestrales.


Hoy, la lógica de la extracción persiste, no solo materialmente sino también energéticamente, circulando a través de redes, infraestructuras y las propias atmósferas que sostienen nuestras vidas: la tecnología es el nuevo imperio.


Hoy, el extractivismo histórico continúa, pero sus formas han cambiado: donde antes se explotaban oro, especias y cuerpos humanos, ahora el litio y los minerales raros alimentan máquinas de ambición imperial, impulsando un capitalismo deshumanizador que intensifica los desequilibrios planetarios y sociales. Estos procesos generan nuevas guerras, desplazamientos y formas de control neocolonial, donde la tecnología y el discurso del progreso se entrelazan con sistemas de dominación.


En esta lógica, la relación entre los humanos y la naturaleza, con los ancestros y con la vida natural y espiritual, se borra, subordinada a una narrativa de explotación y destrucción planetaria. Las mismas corrientes que transportaron cuerpos a través de los océanos hoy hacen circular energía y capital de formas que amenazan tanto la Tierra como nuestra capacidad colectiva de habitarla.




En tu trabajo, el océano aparece como un lugar de tránsito para quienes se ven obligados a migrar. ¿Cómo conectas crisis climática, desplazamiento forzado e desigualdad global?


El océano ha sido siempre una constante en mi vida y en mi práctica: un espacio en el que vivo, con el que trabajo y al que respeto. Nunca es neutral, sino un conductor vivo que transporta historias, energías y posibilidades. En mi trabajo, se convierte en un lugar de tránsito para cuerpos obligados a desplazarse por conflictos, crisis climáticas y desigualdades sistémicas, evocando las mismas aguas que transportaron a personas esclavizadas y desplazadas.


La crisis climática, la migración y la desigualdad global son corrientes inseparables, arraigadas en sistemas coloniales y extractivistas. El océano es a la vez testigo y participante, encarnando estas violencias mientras abre un espacio para la memoria y la reflexión. A través de instalaciones, vídeo y performance, me sintonizo con los ritmos y materialidades del agua, revelando el entrelazamiento de sistemas humanos, más-que-humanos y planetarios. Pensar con el océano implica también activar lógicas pan-oceánicas y ancestrales, trazando conexiones entre continentes, diásporas y especies.




El proyecto sugiere que las lógicas coloniales no han desaparecido, sino que se han transformado. ¿Qué paralelismos ves con el presente?


Las lógicas coloniales no han desaparecido; han evolucionado hacia sistemas contemporáneos de control fronterizo, dominación económica y vigilancia tecnológica. Las mismas estructuras de poder, extracción y desigualdad siguen configurando los conflictos actuales. En mi trabajo, el océano actúa como una lente para comprender estas continuidades. Si antes fue ruta de esclavitud y riqueza colonial, hoy refleja los flujos y divisiones de nuestro presente globalizado. Las fronteras, físicas y virtuales, prolongan estas lógicas, reforzando desigualdades y controlando el movimiento. Reconocer estos patrones es esencial para imaginar otras formas de habitar el mundo, basadas en la relacionalidad, el equilibrio ecológico y el conocimiento ancestral.



¿Puede la ficción especulativa ayudarnos a imaginar nuevas formas de comunidad y coexistencia?


La ficción especulativa ofrece una herramienta clave para imaginar mundos más allá de la violencia histórica y contemporánea. Inspirándome en autores como Glissant, Walcott, Arguedas o Ghosh, entiendo el océano no solo como archivo de memoria y trauma, sino como un espacio de posibilidad y relacionalidad. Estas narrativas nos invitan a superar las jerarquías coloniales y pensar en sistemas basados en flujos, redes y responsabilidad compartida. En mi trabajo, esta dimensión se vincula con la escucha del agua, el conocimiento ancestral y las agencias más-que-humanas. A través de este enfoque, podemos imaginar futuros basados en el cuidado, la reciprocidad y la coexistencia.




Formas parte del patronato de Korp Foundation. ¿Cómo surge y qué propone?


En un contexto de policrisis acelerada, la posición tradicional del artista resulta insuficiente. Mi práctica ha estado vinculada al Antropoceno, el desplazamiento y las relaciones entre sistemas humanos y naturales, pero en un momento dado la cuestión deja de ser qué puede representar el arte y pasa a ser cómo puede actuar en el mundo.


Mi implicación en Korp Foundation surge como una expansión de ese campo de acción. Fundada por Stefan Nilsson, la plataforma reúne arte, ciencia y pensamiento crítico para abordar desafíos planetarios y desigualdades sistémicas. Para mí, no es algo separado de mi práctica, sino una extensión de ella. Korp funciona como un ecosistema vivo donde la cultura actúa como herramienta para percibir y responder a las transformaciones del planeta.