Entrevista a Santiago Morilla

Entrevista a Santiago Morilla, cuya obra forma parte de la exposición "Formas de Habitar. Nuevas ecologías para un mundo en transformación".

Entrevista a Santiago Morilla

Ecologías subterráneas


Belén Vera

¿Qué pasaría si pudiéramos escuchar el suelo? No como una metáfora, sino como una experiencia directa, capaz de traducir los procesos invisibles que sostienen la vida. En la práctica de Santiago Morilla, esta posibilidad abre un campo de investigación donde arte, ciencia y ecología se entrelazan para replantear nuestra relación con el entorno desde lo subterráneo.


En Ritual Device for Fungal Humus Culture, presentado en Ars Electronica 2025, el crecimiento de los hongos se convierte en sonido mediante procesos de biosonificación. Sensores insertados en el sustrato registran la actividad eléctrica de micorrizas y hongos saprófitos, traduciéndola en una composición en tiempo real. El resultado es un entorno donde el suelo deja de ser un fondo silencioso para volverse una superficie activa, vibrante, en constante transformación.

“Se trata de monitorizar los cambios eléctricos y metabólicos de los hongos y traducirlos en sonido, de manera que sus patrones vitales —su crecimiento, su intercambio con el sustrato, su ritmo— puedan percibirse como una composición en tiempo real”, explica Morilla. “La idea es que cualquiera pueda cultivar hongos y escuchar su evolución, entender cuándo cambian de fase, cuándo están listos, cuándo regeneran. Es una forma de traer estos procesos a lo cotidiano, de convertir un entorno doméstico en una instalación viva”.


La obra se despliega como un sistema de relaciones en el que el visitante forma parte activa. El cuerpo, el movimiento, la presencia modifican el ecosistema, generando una respuesta. “Nuestra presencia altera el entorno y el entorno responde. Lo que propone la pieza es entender esa reciprocidad, esa relación en la que estamos constantemente afectando y siendo afectados”.


Esta investigación sitúa el suelo en el centro. Un desplazamiento que no es menor. Frente a una cultura visual orientada hacia la superficie, Morilla dirige la atención hacia aquello que permanece oculto, hacia los procesos de descomposición que hacen posible la vida. El humus aparece así como un espacio clave. “El suelo es, literalmente, un campo de batalla”, afirma. “No solo en términos ecológicos, sino también políticos. En una sola cucharada de suelo fértil hay más seres vivos que estrellas visibles en el cielo. Es una red inmensa de organismos, simbiosis y mutualismos de la que depende nuestra alimentación y, en última instancia, nuestra supervivencia. Y, sin embargo, seguimos tratándolo como un territorio inerte, disponible para ser explotado o contaminado sin consecuencias”.


Esta mirada atraviesa toda su práctica. Su recorrido, que comienza en el ámbito científico antes de desplazarse hacia las artes, ha estado marcado por una hibridación constante entre lo técnico y lo sensible. “Nunca hubo un momento concreto en el que decidiera trabajar con ecología. Fue un proceso orgánico. Al trabajar en el espacio público empecé a entender que no es solo un ecosistema social, sino también biológico, material y climático”.

En sus proyectos, los ecosistemas dejan de ser un tema para convertirse en un entorno operativo. En Myrmecologies, por ejemplo, explora la coevolución entre plantas y hormigas a través de biotopos en los que humanos, insectos y sistemas técnicos coexisten. El equilibrio nunca es estable. “Cuando trabajas con organismos vivos, no puedes controlarlo todo. Diseñas un marco, pero lo que ocurre dentro también pertenece a esos otros cuerpos. Esa pérdida de control es precisamente lo que me interesa”.


En el caso del suelo, esta apertura implica asumir su complejidad como sistema vivo. Hongos, bacterias, raíces, materia en descomposición: una red invisible que sostiene los ciclos de regeneración. “Me interesa especialmente el papel de las micorrizas y los hongos saprófitos como grandes recicladores del planeta. Son indicadores de la salud de los ecosistemas. En un contexto de colapso ecológico, entender estos procesos es fundamental”.


Este enfoque introduce una dimensión política que atraviesa todo su trabajo. “Todo pasa por el suelo: lo que comemos, cómo se produce, los residuos que generamos, los territorios que contaminamos. Hoy ese ecosistema está perdiendo la batalla. Desde los vertidos de la ganadería industrial hasta la mala gestión de residuos, hablamos de impactos que se extienden kilómetros bajo nuestros pies”.


Frente a este escenario, sus instalaciones funcionan como dispositivos de escucha y relación. No buscan representar la naturaleza, sino activar formas de interacción. Morilla habla de “parlamentos” en los que distintas formas de vida participan en procesos comunes. Espacios donde lo humano deja de ocupar una posición central y se integra en una red más amplia de interdependencias.


En este contexto, la escucha se convierte en una práctica cultural. Escuchar implica ajustar la percepción, atender a escalas que normalmente pasan desapercibidas. “Necesitamos una forma de atención más sensible, más encarnada. Relacionarnos con los sistemas vivos no desde la distancia, sino desde la implicación”.


Su trabajo no propone soluciones cerradas. Abre un espacio de experiencia y reflexión. Una invitación a cambiar la escala desde la que observamos el mundo, a desplazarnos hacia lo microscópico, lo lento, lo que se transforma sin hacerse visible. Porque es ahí, bajo la superficie, donde se juega buena parte del futuro. Y aprender a escuchar esos procesos —sus ritmos, sus ciclos, sus transformaciones— puede ser una de las formas más urgentes de empezar a habitarlo de otra manera.