Metamorfosis. Eduardo Balanza
Texto: Miguel Mesa del Castillo
La historia urbana de Murcia está entretejida con la de la seda, pero la historia de la ciudad y de la seda no es solo una historia humana. Es, más bien, una historia de coexistencias, dependencias recíprocas, domesticaciones mutuas, alianzas frágiles y fricciones entre especies, de interacciones con organismos patógenos, técnicas, climas, infraestructuras, instituciones y formas de vida humanas y más-que-humanas.
La cultura de la seda fue, y en cierto modo sigue siendo, el catálogo material de una red de relaciones que atraviesa escalas y lugares muy diferentes. En la sericicultura se entrecruzan la metamorfosis del gusano, la botánica de la morera, la vulnerabilidad ante las plagas, las políticas de la ciencia, las evoluciones territoriales, las economías domésticas, la transmisión de los saberes populares y las huellas urbanas de una industria que dejó marcas duraderas en la forma de la ciudad. La seda aparece así no solo como uno de los episodios más importantes de la cultura material de Murcia, sino también como el resultado visible de una cooperación desigual y compleja entre múltiples formas de vida.
La seda es una “materialización de la metamorfosis”, el “registro” de los procesos de alojamiento y transformación de la vida en distintos seres y formas materiales; un proceso que no puede entenderse al margen de un contexto social, ecosistémico, tecnológico, etnográfico, afectivo, botánico y económico. Pero también es una evidencia que desmantela la seguridad antropocéntrica con la que la modernidad ordenaba el mundo. Así, la seda desplaza la historia de nuestra ciudad de su centralidad humana y la ensancha hacia una historia multiespecie, hecha de relaciones de cooperación y dependencia, pero también de explotación, extractivismo, cuidado y conflicto. Poniendo así en evidencia que lo urbano no es una producción exclusivamente humana sino el resultado de una compleja y conflictiva coproducción entre especies, materias, técnicas, infraestructuras y ecosistemas. La historia de la seda da cuenta de que la ciudad no ha sido habitada y transformada solamente por humanos, sino que en su configuración ha intervenido también una constelación de agentes más-que-humanos cuya participación ha sido fundamental, aunque con frecuencia haya permanecido invisibilizada.
Las obras de Eduardo Balanza en torno a la industria de la seda reivindican este cambio de la mirada hacia la ciudad, señalando la importancia fundamental que han tenido otras especies en la definición de la forma urbana. Balanza desvela que la historia de la producción de seda no es solo una historia de extracción de valor aprovechando un recurso natural, es también parte de una historia de la ecología urbana de la ciudad, un ensamblaje inestable entre cuerpos, materias, saberes y ambientes; y en esa historia participan insectos domesticados, especies vegetales seleccionadas, hongos patógenos, técnicas de cría, dispositivos científicos, redes comerciales, arquitecturas, infraestructuras hidráulicas, memorias domésticas y transformaciones urbanas, de manera que para entender la ciudad de hoy nada de todo esto puede pensarse por separado.
La seda es también un producto de la administración violenta de la vida y de la muerte. Es un material valioso, pero también resultado de una economía extractiva del cuerpo animal. Balanza nos invita a reflexionar sobre qué significa observar un territorio desde la densa y conflictiva coexistencia de las diversas formas de vida que lo han configurado recogiendo esa complejidad sin resolverla en un discurso simplificado. Sus obras operan más bien como dispositivos de atención y reconocimiento. Nos obligan a mirar con lentitud y atención, a seguir los filamentos que conectan realidades en apariencia muy alejadas: un tejido, un insecto, una plaga, una arquitectura, una institución científica, una variedad de morera, una evolución del paisaje urbano.
Las piezas que se exponen en Efímera, no emergen de un posicionamiento distanciado de la naturaleza como un afuera, sino de la observación de una red de relaciones entre especies donde el observador también está involucrado y debe mirar atentamente. Ante esta mirada, el gusano de seda deja de ser una figura secundaria, un elemento iconográfico, o una presencia nostálgica rescatada del pasado industrial, para mostrarse como un agente decisivo en la producción del paisaje y de la ciudad: un coproductor de formas urbanas multiespecie, un mediador entre botánica, economía y técnica, y una presencia que demanda la reescritura de la historia urbana.