Moda expandida. Cuerpo, ritual y futuros posibles.

Por Belén Vera

Moda expandida. Cuerpo, ritual y futuros posibles

Belén Vera

Extraído de XYZ #1

La moda ya no se limita a marcar tendencias, recientemente se ha convertido en un lenguaje que piensa el mundo y lo proyecta hacia adelante. De manera que más que adornar, la moda de hoy incomoda, activa y propone. Y, en lugar de escaparates, encontramos instalaciones inmersivas, performances y rituales que invitan a habitar el espacio con el cuerpo.

Los museos han dejado de mostrar la moda como reliquia o simple objeto de contemplación. La presentan como un dispositivo vivo que cruza disciplinas, arte, diseño, tecnología, ciencia, para activar preguntas urgentes como ¿de qué manera se construye nuestra identidad?, ¿qué cuerpos caben en el futuro?, ¿qué huella dejan nuestras formas de producción y deseo?

Desde exposiciones que exploran su impacto medioambiental hasta artistas que la usan como herramienta de pensamiento, la moda se desplaza del escaparate al museo para convertirse en un dispositivo crítico. En un momento marcado por la sobreproducción textil y la urgencia climática, el museo se convierte también en un lugar donde estas tensiones se hacen visibles, un espacio que invita a repensar las lógicas de consumo y a imaginar sistemas de producción más sostenibles.

Artistas que trabajan la moda como materia

La moda en el museo deja de ser un objeto estático y se convierte en territorio, cuerpo y experiencia. Hoy, muchos artistas la usan para ampliar el gesto, transformar el espacio y hacer partícipe al espectador. En este cruce entre arte y moda, el tejido, la prenda y el movimiento pasan de ser simples adornos a convertirse en vehículos de memoria, tensión y cambio.

Klára Hosnedlová traslada técnicas de bordado tradicional a instalaciones de gran formato, tejiendo narrativas que oscilan entre lo artesanal y lo futurista. En la exposición embrace, presentada recientemente en el Hamburger Bahnhof, esta investigación se convierte en una experiencia coreográfica. Nueve tapices monumentales de lino y cáñamo, teñidos con pigmentos naturales, colgaban desde el techo, obligando al visitante a recorrer el espacio casi como si se internara en un bosque de tejidos. El suelo, cubierto con más de 3.000 losas de hormigón e interrumpido por charcos de resina epoxi, acompasaba el movimiento y evocaba el paso del tiempo. La composición sonora de Billy Bultheel, con cantos, campanas y rap checo, funcionaba como partitura invisible, guiando la deriva del cuerpo y transformando la instalación en una performance colectiva donde cuerpo, territorio y memoria se activaban simultáneamente.

En un registro diferente pero igualmente corporal, Eva Fábregas utiliza materiales blandos y textiles para crear esculturas que sugieren un cuerpo expandido, que excede la silueta humana y roza lo biomórfico. El aire se convierte en un material más, dando forma a volúmenes que respiran y palpitan, alterando nuestra percepción del espacio y de nuestro propio cuerpo. Sus piezas aluden a procesos biológicos como la digestión, la gestación o la metamorfosis, generando emociones encontradas (entre la amenaza y el cuidado, lo lúdico y lo perturbador) y proponiendo una relación somática con el arte. Más que ser contempladas, sus esculturas invitan a ser experimentadas físicamente, a sincronizar la respiración con ellas y a pensar el cuerpo como un espacio en transformación.

Desde otra perspectiva, Jeanne Vicerial explora el textil como un medio para hablar de cuerpo, memoria y metamorfosis. Pionera en el desarrollo de nuevas formas de tejer y producir prendas sin desperdicio, cuestiona la producción en serie y reivindica el gesto de lo hecho a medida como un acto poético y político. Fundadora del estudio de investigación y diseño Clinique Vestimentaire, Vicerial concibe el acto de vestir como una exploración sobre la relación entre cuerpo, memoria y transformación. En Pupation, su reciente exposición en la Galerie Templon de París, llenó la sala de “presencias”: esculturas de hilo negro suspendidas en un estado de transición, que evocaban cuerpos en gestación, abrazados o en su ocaso. Como un momento congelado en el tiempo, Vicérial intenta capturar la metamorfosis que prepara el camino para el (re)nacimiento de estos seres inclasificables, ninfas sobrenaturales, mitad planta, mitad animal. La artista francesa transforma así la galería en un espacio de contemplación casi ritual, donde el visitante se enfrenta a la fragilidad, la transformación y el misterio del devenir.

Las obras de estos artistas no solo se contemplan se atraviesan, se habitan y nos mueven. De ahí que el siguiente paso sea pensar la moda no solo como materia, sino como acción, rito y coreografía colectiva.

Performatividad y ritual

En el museo, la moda puede funcionar como un acto vivo, como un gesto o un ritual que activa el espacio y convierte el cuerpo en obra. Más allá de la pasarela, se transforma en coreografía y ceremonia colectiva, convocando también al espectador. Esta dimensión performativa señala un giro en la relación entre moda, arte y museo. Ya no se trata solo de contemplar objetos, sino de habitarlos, de experimentar cómo modifican el espacio y el cuerpo. La moda se convierte en un dispositivo que invita a moverse, participar y sentir, transformando el museo en un escenario de encuentros, tensiones y nuevas formas de imaginar identidad, poder y belleza en tiempo real.

Daniel Firman, conocido por sus esculturas de cuerpos envueltos en prendas y objetos, convierte el atuendo en metáfora del peso de lo cotidiano y de la forma en que el cuerpo es moldeado por lo que lo rodea. En su serie Saisir l’impossible (cutting), el artista recurría a la digitalización del cuerpo para crear gestos imposibles, como si las figuras sostuvieran a su propio doble. Esta coreografía congelada recordaba tanto a la escenificación de un desfile como al patronaje en moda, donde el corte y la forma revelan la construcción del cuerpo. De igual forma, sus icónicas Mini-Gatherings presentan pequeñas figuras humanas cargando sobre sus hombros montones de objetos desechables, como si el cuerpo se convirtiera en soporte de nuestros excesos materiales. Firman explora la paradoja entre la acumulación obsesiva y la hiperdesmaterialización de nuestras vidas digitales, oscilando entre la angustia y el humor. Este origen performativo impregna sus obras de dinamismo, incluso cuando los cuerpos aparecen inmóviles. Ya sea un elefante suspendido en el aire o un cuerpo humano que desafía el equilibrio bajo el peso de objetos, Firman convierte el espacio expositivo en un escenario donde el tiempo, la gravedad y el cuerpo se ponen a prueba.

Raphaël Barontini, por su parte, combina estandartes, textiles y retratos serigrafiados en desfiles e instalaciones que reescriben la historia colonial a través del gesto festivo. Sus procesiones, a medio camino entre carnaval, ritual y performance, convierten la moda en un acto de memoria y emancipación, donde el espectador es invitado a acompañar el recorrido y a participar en una especie de liturgia contemporánea.

En el caso de Anne Imhof, esta convierte el vestuario en un lenguaje coreográfico que define atmósferas y tensiones entre cuerpo y poder. En Doom: House of Hope (Park Avenue Armory, Nueva York), su performance más ambiciosa hasta la fecha, combina danza contemporánea, recitales de texto, fragmentos de ballet clásico y una escenografía de gran escala con Cadillac Escalades y un jumbotron que proyecta imágenes en directo. Allí explora el rito de paso de la adolescencia, la alienación y la esperanza en un mundo en crisis, articulando lo personal y lo político en una experiencia sensorial. En paralelo, su exposición Cold Hope en Galerie Buchholz (Berlín) presenta pinturas y partituras que funcionan como la memoria visual y sonora de la performance, prolongando su dramaturgia en el espacio expositivo.

Si estas performances ponen el cuerpo en el centro del aquí y ahora, otros artistas lo proyectan hacia lo que todavía no existe, imaginando anatomías híbridas, ecosistemas de supervivencia y biologías aumentadas.

Futuros especulativos y biotecnología

La moda contemporánea no solo refleja el presente, sino que también imagina futuros posibles. En el museo, algunos creadores trabajan en la frontera entre arte, diseño y ciencia para explorar sobre cómo podría evolucionar el cuerpo en diálogo con la tecnología. Estos proyectos, más cercanos al diseño crítico que a la pasarela, plantean preguntas sobre identidad, supervivencia y transformación en un mundo cada vez más híbrido.

El artista holandés Bart Hess convierte la piel en un laboratorio sensorial, cubriéndola con materiales viscosos, espumosos o moleculares que oscilan entre lo seductor y lo inquietante. A través de vídeos, instalaciones y performances, Hess investiga cómo los textiles del futuro podrían alterar nuestra percepción del cuerpo, borrando los límites entre carne, prótesis y tecnología. Su trabajo propone una visión visceral y táctil del futuro, en la que el cuerpo se convierte en soporte experimental y terreno de prueba para imaginar nuevas formas de existencia.

La australiana Lucy McRae lleva esta reflexión un paso más allá, difuminando los límites entre arte, arquitectura, tecnología, diseño y moda para especular sobre la evolución de la biología humana. Autodefinida como “artista de ciencia ficción”, McRae utiliza el arte como un mecanismo para cuestionar los marcos éticos e ideológicos que moldean nuestra identidad y nuestra relación con el progreso tecnológico. En colaboración con instituciones como Philips, MIT, Ars Electronica o la NASA, ha especulado sobre escenarios en los que la biología humana podría ser aumentada mediante el diseño físico, la modificación genética o incluso la alteración emocional.

En esta misma línea especulativa, pero con un enfoque más social y colectivo, el trabajo de Lucy + Jorge Orta explora cómo la moda puede convertirse en un dispositivo de supervivencia, comunidad y resiliencia. Su práctica, que ellos mismos definen como “Body Architecture”, aborda los límites entre el cuerpo y el espacio, desarrollando hábitats portátiles y formas de habitar en tiempos de crisis. Series como Refuge Wear y Body Architecture plantean prendas que se transforman en refugios, chaquetas que se convierten en tiendas de campaña y kits de supervivencia para el nómada contemporáneo, convirtiendo la indumentaria en una extensión de la arquitectura y en una herramienta de protección.

En Nexus Architecture, la ropa conecta a varias personas mediante un mismo sistema de cierres, formando cuerpos colectivos que funcionan como metáforas visuales de la interdependencia y la solidaridad. Estos trabajos cuestionan las nociones de movilidad, ciudadanía y cuidado, y suelen desplegarse en el espacio público para amplificar su dimensión política. Proyectos como Antarctica o Amazonia transforman plazas y entornos naturales en escenarios de acción, donde arte y activismo se entrelazan para generar conciencia ecológica.

A diferencia de la visión más íntima y especulativa de Lucy McRae o la aproximación material y sensorial de Bart Hess, la obra de Lucy + Jorge Orta enfatiza la dimensión comunitaria del cuerpo y su capacidad de generar redes de resistencia. Sus instalaciones, a medio camino entre performance, arquitectura efímera y escultura social, expanden la moda más allá del objeto para convertirla en un espacio de encuentro, protesta y posibilidad de futuro.

Este impulso especulativo no es exclusivo de los artistas, los grandes museos europeos están recogiendo estas tensiones y presentando la moda como experiencia sensorial y crítica, como demuestran exposiciones recientes.

La moda como laboratorio de transformación

En 2025, dos exposiciones en Europa reafirman que la moda en el museo ha dejado de ser un objeto para convertirse en experiencia, pensamiento y territorio de especulación. Ambas proponen un lenguaje expandido que conecta disciplinas, tiempos y mundos, y que invita a reconsiderar el papel del cuerpo, el material y el desgaste en la cultura contemporánea.

Por un lado, Sculpting the Senses, la gran retrospectiva de Iris van Herpen que abrió sus puertas el 27 de septiembre en el Kunsthal de Róterdam, confirma a la diseñadora neerlandesa como una de las creadoras que han llevado la alta costura al terreno de la investigación artística. La muestra reúne más de cien piezas en diálogo con obras de artistas y diseñadores como Philip Beesley, Kohei Nawa, Collectif Mé, Neri Oxman o Casey Curran, en un recorrido articulado en torno a nueve temas que exploran la relación entre cuerpo, naturaleza y futuro. Desde su primer vestido impreso en 3D de la colección Crystallization hasta su serie más reciente Carte Blanche, Van Herpen combina la tradición artesanal de la alta costura con procesos pioneros de fabricación digital, generando piezas que parecen esculturas vivas. La exposición aborda cuestiones como el agua y los orígenes de la vida, los ecosistemas invisibles, la anatomía, la mitología o el cosmos, invitando al visitante a un viaje inmersivo que trasciende la moda para convertirse en experiencia sensorial. Todo ello se potencia gracias a la composición sonora de Salvador Breed, que envuelve el recorrido y acentúa la dimensión casi performativa de los vestidos.

Este impulso por transformar la moda en un espacio de fricción y pensamiento crítico encuentra un eco complementario en Dirty Looks: Desire and Decay in Fashion, que se inauguró el 25 de septiembre en el Barbican de Londres. La exposición celebra la belleza de lo imperfecto y explora cómo el desgaste, la suciedad y la decadencia se han convertido en lenguajes de resistencia en la moda contemporánea. A través de más de cien looks de diseñadores icónicos y emergentes, la muestra traza una genealogía que va desde la estética punk de Vivienne Westwood y Malcolm McLaren, que convirtieron la ropa rota en declaración política, hasta las visiones radicales de Paolo Carzana, Solitude Studios y Elena Velez, que conciben la moda como un organismo vivo en constante transformación.

La propuesta se enriquece con hitos históricos como The Tangent Flows (1993) de Hussein Chalayan, en la que los vestidos fueron enterrados junto a limaduras de hierro para oxidarse— y se abre a narrativas espirituales y ecológicas: Michaela Stark trabaja la tensión de la piel en corseterías escultóricas; Bubu Ogisi repara el vínculo con la tierra mediante fibras vegetales y saberes tradicionales; y Robert Wun convierte la mancha y el fuego en metáforas de purificación. El diseño expositivo de Studio Dennis Vanderbroeck transforma las salas en paisajes pantanosos y altares, donde la moda se convierte en rito y el visitante es invitado a experimentar el desgaste como posibilidad de regeneración.

Juntas, estas dos exposiciones delinean un mapa de la moda contemporánea que ya no se limita a exhibir prendas, sino que propone al museo como laboratorio de futuros. Si Sculpting the Senses nos habla de cuerpos que mutan y se expanden hacia nuevas anatomías, Dirty Looks nos recuerda que toda metamorfosis pasa por la erosión, la caída y la recomposición. Ambas convierten el acto de mirar en una experiencia encarnada, donde el espectador atraviesa materiales, sonidos y emociones para imaginar otros modos de habitar el presente y el porvenir.

El museo como espacio de fricción

La presencia de la moda en el museo no se limita a legitimar su valor cultural; más bien, busca convertirla en un espacio de fricción, de preguntas y de posibilidades. Exposiciones como Sculpting the Senses o Dirty Looks demuestran que el museo puede ser un lugar para pensar el cuerpo, el tiempo y los sistemas de producción desde nuevas perspectivas. Al reunir artistas y diseñadores, el museo permite entender la moda como un ecosistema donde convergen la industria, el deseo, el trabajo manual, la identidad y el medio ambiente.

Frente a la inmediatez de la pasarela o de las redes sociales, el museo ofrece tiempo para contemplar, debatir e imaginar futuros posibles. En este cruce entre arte, moda y pensamiento, el museo se convierte en un lugar donde no solo miramos ropa, sino que imaginamos nuevas formas de vivir, de vestir y de habitar el tiempo.

Además, se vuelve un espacio donde las problemáticas medioambientales de la moda, desde la sobreproducción hasta los residuos textiles, pueden ser visibilizadas y pensadas colectivamente. Este marco crítico permite abrir la conversación sobre consumo, sostenibilidad y justicia social, invitando a imaginar futuros más conscientes en los que la moda deje de ser solo un objeto de deseo para convertirse en agente de transformación.