Entrevista a Felix Blume
Publicada en Neo2
¿Cómo surge la idea de Enjambre (Essaim)? ¿De dónde nace tu interés por este tipo de proyectos?
La idea detrás de Enjambre nace de algo que está presente en muchas de mis obras: el deseo de componer con la multitud, de pensar cómo un grupo está formado por individuos y cómo podemos escuchar tanto la singularidad de cada uno como el conjunto. Es un interés que arrastro desde hace años.Por ejemplo, en Rumores del Mar instalé unas 150 flautas en el mar en Tailandia, donde se podía escuchar cada flauta por separado o el coro completo. O en Grillos de Sueños, en Chile en 2019, trabajé con niños que criaron parejas de grillos, con un enfoque a la vez científico y sonoro, escuchando el canto de cada uno.
Así que Enjambre surge de estas mismas ideas sobre la singularidad, la multitud y cómo construimos lo colectivo. Reflexiones que, por supuesto, van más allá de los insectos y abren preguntas sobre cómo nosotros, como humanos, formamos sociedad. Concretamente, este proyecto comenzó a partir de una invitación de una productora en Marsella en 2021, para desarrollar algo alrededor del arte, la ecología y la naturaleza. Les propuse una idea muy sencilla: dar la oportunidad de escuchar a las abejas una por una, de componer el enjambre para oírlas individualmente y también como conjunto. Claro que convertir esa idea en realidad fue todo menos sencillo.
Diseñaste un estudio específico para grabar abejas. ¿Cómo fue ese proceso?
Exacto. Grabar abejas una por una puede parecer simple, pero técnicamente no lo es. No existe algo como “un estudio para grabar abejas” que puedas buscar en internet. Tuvimos que inventarlo desde cero.
Nos enfrentamos primero a cuestiones acústicas: cómo colocar los micrófonos, cómo evitar la reverberación del estudio. Adaptamos tratamientos sonoros habituales, como paneles de espuma acústica, para aislar el interior del exterior. Luego apareció el problema principal: ¿cómo lograr que una abeja produzca el sonido que queríamos grabar? Capturar ese vuelo específico en que el enjambre busca un nuevo hogar era prácticamente imposible. Y tampoco podíamos ponerles micrófonos diminutos.
Por eso optamos por grabar a las abejas mientras iban de flor en flor recogiendo polen. Recreamos esa situación dentro del estudio colocando soportes con agua con azúcar, miel o flores, para estimular su vuelo. Construimos una caja lo bastante grande para que pudieran volar, pero pequeña para que se mantuvieran cerca del micrófono. Tenía aperturas laterales para que pudieran entrar o salir, y una tapa superior que podíamos abrir completamente cuando fuese necesario.
Incluso probamos con ventanas, pero claro, una abeja no entiende el concepto: si entra luz desde arriba, para ella ya está al aire libre. Al final, grabamos casi “a ciegas”, solo escuchando.
Fueron varios días de trabajo. Grabamos unas 600 abejas y seleccionamos alrededor de 250 registros. La elección no fue estética —no buscábamos el “zumbido más bonito”— sino técnica: si la abeja estaba tranquila, no estresada, si no intentaba huir. A menudo se trataba simplemente de pasar horas escuchando, intentando comprender sus estados de ánimo o comportamientos a través del sonido.
¿Ese proceso de escucha tan prolongado te permitió conocer mejor a las abejas?
Sí, de un modo muy interesante. Si lo comparas con los grillos, por ejemplo, los machos emiten cantos distintos para atraer a las hembras, y ellas eligen. Con las abejas es mucho más complejo. Ellas se comunican sobre todo por vibraciones y danzas, más que por el zumbido que nosotros percibimos.
Hay teorías científicas que sugieren que el verdadero individuo no es la abeja, sino el enjambre, que la colonia es el organismo y las abejas son más bien sus células. Durante las grabaciones notamos algo que parecía confirmar eso: si una abeja pasaba cinco o seis minutos comiendo tranquila antes de salir, muchas veces la siguiente hacía lo mismo. Y si una estaba inquieta, la siguiente también lo estaba. Era como si existiera un humor compartido, un comportamiento colectivo más que individual.
Por supuesto, son solo observaciones desde la escucha, no afirmaciones concluyentes. La idea del proyecto no es demostrar teorías, sino abrir preguntas, también sobre cómo nos concebimos a nosotros mismos.
¿Crees que este tipo de escucha puede cambiar nuestra manera de relacionarnos, entre humanos o con otras especies?
Sería pretencioso pensar que una obra de arte puede cambiar el mundo, pero creo que la escucha puede ser parte de una respuesta. Escuchar va más allá del sonido. Cuando realmente prestamos oído al zumbido de las abejas, las reconocemos, existen para nosotros. Es una forma de recordar lo importantes que son, no solo para la miel, sino para los ecosistemas y la biodiversidad.
Quizás, al sumergirnos en estos sonidos, podamos sentirnos abeja por un momento, entender su lugar y reflexionar sobre el nuestro. Y eso puede extenderse más allá de los insectos. Es una invitación a escuchar lo que nos rodea, humano o no humano, a tomarnos el tiempo para comprender y cuidar. Muchas veces tememos lo que no conocemos; escuchar puede ayudarnos a perder ese miedo y cultivar empatía.
¿Dirías que Enjambre es una obra política?
Depende de cómo entendamos lo político. Si lo ampliamos para incluir lo ecológico, lo social, lo colectivo, lo invisible y lo vulnerable, entonces sí. Espero que Enjambre pueda activar otros tipos de escucha que continúen cuando la gente salga de la sala. Es una invitación a prestar atención al mundo que compartimos.