La observadora hambrienta

Videoinstalación Bailando la mística de Manuel Granados con poemas de Eva Rodríguez

La observadora hambrienta

Susana Pardo

Entro al Espacio Efímera. Llevo conmigo el ruido de fuera. Al principio no veo nada, la sala está oscura y los sonidos son confusos. Después empiezan a aparecer las imágenes. No llegan como una historia que pueda seguir. Aparecen y desaparecen, se superponen, se pierden en la negrura. Hay algo que reconozco y, al instante, deja de ser reconocible. Una imagen llama a otra, un sonido interrumpe una voz, la música atraviesa las palabras. Intento agarrarme a ellas. No puedo. Escucho un poema. Creo entenderlo. O quizá podría entenderlo si lo escuchara entero; pero la voz se cruza con otra voz. Las palabras aparecen entre el ruido y vuelven a desaparecer. Hay momentos en los que entiendo una frase y, cuando intento retenerla, ya se ha perdido. Me descubro irritada; quiero que me dejen escuchar.

Y entonces comprendo que precisamente eso es lo que está ocurriendo. La instalación no me impide escuchar por accidente: busca provocarme. Me doy cuenta de cuánto necesito que las cosas se presenten ordenadas; una imagen detrás de otra, una frase detrás de otra, un significado que conduzca al siguiente. Quiero que me ofrezcan un camino, pero aquí no hay camino. «Hay tantos caminos que disolver». La frase aparece de pronto, suspendida en la oscuridad, y algo dentro de mí se queda quieta.

Tantos caminos que disolver para llegar a ver este Dios que se enreda.

Pienso en mi propia vida, en todos los caminos que he construido para llegar hasta mí misma, en todo lo que he confundido con mi identidad, en las obligaciones, los deseos, las expectativas, las pequeñas victorias, los miedos que he ido acumulando como si fueran una arquitectura necesaria. Yo también estoy enredada. Quizá por eso me cuesta tanto escuchar.

La música vuelve a crecer. Las imágenes me rodean. Estoy dentro de ellas y, al mismo tiempo, no termino de estar en ninguna. La instalación me coloca en un lugar extraño: no puedo contemplarla desde fuera. Tengo que atravesarla. Mi cuerpo está ahí. Mi mirada busca un punto de apoyo y no lo encuentra.

Entonces aparece el hambre. No es física. Pienso en todo aquello que ocupa nuestros días para mantenernos vivos: trabajar, pagar, resolver, responder, llegar a tiempo, cumplir. La supervivencia tiene una música propia. Una música insistente que acaba ocupándolo todo: el hambre. La voz de un poema atraviesa la oscuridad: «Vamos a un lugar más allá del hambre». La frase me alcanza de una manera inesperada. Más allá del hambre. ¿Dónde está ese lugar? Durante unos segundos quiero que el poema me lo explique. Quiero saber cómo llegar. Pero el poema no responde, solo abre una distancia.

Entonces entiendo que quizá eso sea la poesía: una puerta que no conduce a una habitación concreta, sino a un espacio que empieza cuando dejamos de exigir una respuesta. Las palabras de Eva no parecen querer convencerme de nada. No hay doctrina. No hay instrucciones. Hay entrega. Una forma de conocimiento que no se impone sobre mí. Las palabras llegan suaves, casi como si no quisieran ser atrapadas. Y precisamente por eso me inquietan. No entiendo del todo lo que dicen. Pero algo en mí reconoce esa falta de comprensión.

La imagen vuelve a irrumpir. La música vuelve a interponerse. Hay una resistencia entre lo que veo y lo que escucho. Una resistencia que a veces me incomoda y a veces me obliga a permanecer. Como si la instalación hubiera construido deliberadamente un obstáculo entre el poema y yo. Pienso entonces que quizá ese obstáculo soy yo: mi propia interferencia, mi necesidad de comprender, mi costumbre de nombrarlo todo, mi incapacidad para permanecer ante algo que no puedo poseer.

La voz dice: «Por verte atravesé el vacío de una manera silenciosa». Y por primera vez la palabra vacío deja de parecerme una ausencia. Quizá el vacío sea precisamente el lugar que queda cuando todo aquello que creíamos imprescindible deja de ocuparlo todo. La oscuridad empieza a cambiar, yo cambio dentro de ella; no intento seguir cada imagen, no intento reconstruir cada poema, dejo que las cosas sucedan. Una voz aparece. Otra desaparece. Una imagen cruza fugaz el espacio, la música y el ruido dialogan, una frase queda suspendida: «El silencio es, mi rostro en Vos, mi anhelo de Vos, mi disolución en Vos». No sé quién es ese «Vos», y, sin embargo, lo entiendo; no como se entiende una idea, sino como algo que siempre estuvo ahí y que de pronto encuentra una forma.

Pienso en mi propia máscara, en las veces que me la he puesto para poder vivir y las veces que he olvidado que la llevaba. «Me puse la máscara y de tanto usarla olvidé quitármela»; la frase me produce una tristeza extraña porque reconozco esa máscara: la sensatez, el trabajo, la identidad, las obligaciones, la imagen que construimos para los demás y para nosotros mismos. Todo aquello que nos permite funcionar y que, al mismo tiempo, puede acabar separándonos de lo que somos.

Pienso en el poema que habla de tener dos trabajos. «Tener dos trabajos es el precio de mi libertad aunque libertad no tenga precio». Me parece una frase absurda; y, sin embargo, verdadera. Tenemos un trabajo para sobrevivir y otro, mucho más secreto para aprender a vivir. Uno ocupa nuestras horas, el otro exige nuestra atención. Uno paga las facturas, el otro intenta devolvernos el alma. Y casi siempre llegamos demasiado cansados al segundo.

La instalación continúa.

Ahora ya no me parece que las imágenes estén contra los poemas, empiezo a comprender la tensión de otra manera. La imagen, la música y el ruido se resisten a la palabra, pero esa resistencia crea un nuevo espacio, un vacío. Y en ese vacío ocurre algo. No sé qué. No puedo nombrarlo, pero ocurre. Es como si, por un instante, lo visible y lo invisible se rozaran sin llegar a confundirse. Escucho otra frase: «Desde el punto de vista del vacío, somos los espacios que se abrazan en el tiempo para crear». ¡Exacto! eso somos nosotros. Un espacio que abraza otro espacio. Una separación que contiene una unión. Una ausencia que permite que algo aparezca.

La instalación ya no me parece una sucesión de imágenes, me parece un estado, un lugar en el que mi manera habitual de mirar ha dejado de funcionar. Y eso me inquieta, pero también me libera, porque ya no tengo que entender. Solo tengo que estar; siento la calma, y no es una calma completa, es apenas una grieta; una pequeña abertura en medio de todo el ruido.

Quizá la mística empiece ahí: no cuando encontramos una respuesta, sino cuando conseguimos permanecer ante una pregunta sin necesidad de cerrarla. La voz vuelve a aparecer: «Consciencia crea propósito. Propósito crea existencia. Existencia crea vida, biológica o no. Y vida crea experiencia que desvela propósito que alimenta consciencia». Es una espiral que parece llevarnos a una mirada anterior a la separación, a algo que hemos olvidado, a ese lugar en el que todavía no necesitábamos distinguir entre cuerpo, mente y alma.

La oscuridad se hace más profunda y, paradójicamente, empiezo a ver. No veo más imágenes, veo de otra manera. Había entrado aquí buscando una obra y, poco a poco, la obra me ha devuelto a mí misma. No me ha dado una respuesta. Me ha dejado con otro tipo de hambre: hambre metafísica. Y ahora comprendo que ese hambre no es un fracaso, es quizá lo más valioso que podía llevarme. Porque salir saciada habría significado terminar. Salir con hambre significa continuar. Buscar el poema. Leerlo otra vez. Y otra. Dejar que las palabras entren donde la lógica cotidiana no alcanza. Quizá el poema tenga que sucederme. Quizá tenga que dejar de perseguirlo. Como dice Eva: «permitir que lo otro nos visite, dejarme, olvidarme también, vivir en un estado de gracia que no puede buscarse». «Permiso». La palabra aparece dentro de mí: Permiso, permiso para no entender, permiso para detenerme, permiso para perderme, permiso para dejar de ser durante un instante aquello que creo que soy.

Cuando salgo de la instalación, la luz exterior se siente diferente. Todo sigue exactamente igual, y, sin embargo, algo ha cambiado, yo he cambiado y ahora el título está claro: no se trata de comprender la mística ni de alcanzarla; se trata de bailar alrededor de aquello que no puede ser poseído, de acercarse y retirarse, de perder el equilibrio, de volver a encontrarlo, de aceptar la oscuridad, de escuchar cuando todavía no se entiende, de permitir que una palabra encuentre un lugar secreto dentro de nosotros. Bailar la mística quizá sea eso: seguir moviéndonos hacia aquello que no se puede nombrar.