Susana Pardo
El arte que respira
En las últimas décadas ha comenzado a escucharse con fuerza en museos, laboratorios y espacios independientes un término que parece ir un paso más allá de la conciencia ecológica: hablamos del bioarte. Bajo este nombre se agrupan prácticas artísticas contemporáneas que trabajan con la biología como material, proceso o tema. Algunas utilizan organismos vivos; otras reflexionan sobre genética, biotecnología o ecología mediante lenguajes más tradicionales. En su versión más estricta, las obras que se incluyen en esta corriente artística se desarrollan en laboratorios y emplean cultivos celulares, microorganismos o ingeniería genética. En un sentido más amplio, el término incluye también proyectos de bio-diseño, bio-fabricación o ecoarte que, sin manipular directamente la vida, investigan nuestra relación con los sistemas biológicos.
Si algo define al bioarte es que asume el proceso vital como su herramienta fundamental. En lugar de limitarse a representar la naturaleza, trabaja con ella: con el crecimiento, la transformación, la simbiosis, el nacimiento o la muerte; por eso sus obras se desarrollan necesariamente en el tiempo. Observar cómo crece una manta vegetal, cómo se expande una colonia de bacterias o cómo el agua circula por un pequeño ecosistema no es muy distinto a escuchar una composición musical. Del mismo modo que nadie comprende una sinfonía escuchando apenas un segundo, tampoco puede entenderse un proceso biológico detenido en una sola imagen. El bioarte nos obliga así a educar la mirada y a afinar nuestra percepción del tiempo: a reconocer ritmos, pausas y variaciones, a aceptar su carácter cíclico, sus desarrollos y declives, sus comienzos y finales. Muchas de estas obras hacen visible precisamente esa condición inestable: cambian, proliferan, se degradan o incluso desaparecen ante nuestros ojos. En ellas el tiempo deja de ser una amenaza para la permanencia de la obra y se convierte en su materia misma, el elemento que la transforma y finalmente le da sentido.
Los aspectos tecnológicos y científicos de esta corriente artística pueden generar, a priori, cierta distancia o reticencia. Sin embargo, el bioarte introduce un matiz decisivo, ya que no se limita a servirse de la ciencia, sino que la desplaza simbólicamente, la poetiza amplificando lo intangible. En el cruce entre arte y biología, la ciencia no abandona su rigor, pero se abre a preguntas que exceden el cómo funcionan las cosas para rozar el por qué de su sentido. Y quizá ahí resida la potencia más fértil del bioarte: podríamos decir que el arte comienza allí donde la ciencia, por honestidad metodológica, guarda silencio. El bioarte entrelaza ambas dimensiones: ciencia y creación, explicación e imaginación, lógica y emoción, contrarios que se complementan y reconocen como partes de una misma búsqueda.
El arte que trabaja con organismos vivos nos invita a observar de cerca los procesos del devenir y nos abre a un conocimiento trascendental; entender que nuestro jardín no tiene límites claros, ya que en una gota de agua puede existir un mundo tan fascinante o inquietante como en un paisaje exótico, amplía nuestra dimensión humana además de expandir nuestros límites biológicos.
Trabajar con elementos o entidades que respiran pone en cuestión el lugar del artista como creador y dueño absoluto de la forma para convertirse en mediador, cuidador o diseñador de condiciones. Las obras que Santiago Morilla y Paula Ciani presentan en Efímera resultan especialmente elocuentes en este punto. Tanto en la pieza Humusidades de Morilla como en la serie La proliferación del trazo de Ciani, se profundiza en la idea de ciclo. Por un lado, en el vídeo Humusidades, la atención se dirige hacia el humus, sustrato orgánico asociado a lo que muere, se descompone y desaparece. Sin embargo, lejos de entender la pérdida como fracaso o enfermedad, asimila lo que se degrada, a sustancia útil. No niega ni estetiza la muerte, por el contrario nos invita a comprenderla como fase necesaria del proceso vital. Por otro lado, el artista insiste en lo que él denomina política de la atención: desacelerar, escuchar, permanecer; y para ello, la obra se articula en torno a sistemas de captación y registro de vibraciones que traducen los ritmos inaudibles de las plantas y del suelo en sonido, convirtiendo la actividad biológica en paisaje musical.
Por su parte, en La proliferación del trazo, Paula Ciani convierte el crecimiento microbiano en gesto pictórico. La instalación es literalmente una obra viva: los tubos de ensayo sellados, con agar inoculado, funcionan como una retícula que recuerda al orden geométrico de la modernidad, pero lo que acontece en su interior escapa a cualquier previsión total. Se establece un diálogo entre estructura racional y caos orgánico, recordándonos que todo sistema está atravesado por fuerzas invisibles. Los hongos colonizan, mutan, dibujan mapas imprevisibles. La autora comparte el protagonismo con organismos microscópicos que escriben su propia caligrafía biológica.
El devenir, en sus ciclos, conserva una zona de previsibilidad: nace, crece, se transforma, decae y vuelve a iniciar su movimiento bajo otra apariencia. También la memoria, en su estructura, obedece a cierta lógica reconocible: retiene, ordena, sedimenta, selecciona, construye una arquitectura de huellas donde lo vivido encuentra un lugar. Ambos procesos poseen una forma interna, una cadencia que permite intuir sus idas y venidas. Sin embargo, cuando devenir y memoria atraviesan el territorio del arte esa previsibilidad desaparece para abrirse a una zona de inquietante versatilidad; la resultante ya no se limita a mostrar el ciclo ni a conservar su rastro.
Esto ocurre en la obra Muda, la otra piel, de Isabel Núñez (malakagama) donde el cruce de ambas presenta la ambigüedad entre forma y no-forma que abandona la categoría de lo estable. La pieza parte del proceso de muda del gusano para pensar la transformación como tránsito continuo: aquello que cambia y no desaparece del todo, sino que deja una estructura, un vestigio, una piel anterior. La obra de Núñez trabaja con el proceso vital como herramienta, lenguaje y pensamiento; la construye uniendo raíces, como símbolo de vida y expansión, y planchas biomatéricas, elaboradas a partir del alimento del gusano ya seco y transformado en una materia estable y endurecida. Ahí, en esa amalgama entre lo que todavía pulsa y lo que ha quedado fijado como huella, surge ese extraño y necesario triángulo amoroso entre devenir, memoria y poetización. El devenir de la raíz aporta movimiento; la memoria del alimento seco, estructura; la poetización de la experiencia estética proporciona una forma de apariencia impredecible, una materia que aprende a reinventarse sin abandonar del todo lo que fue.
Frente a la lógica de obsolescencia programada de nuestra sociedad de consumo, el bioarte introduce otra temporalidad y otra ética del material, dialogando con prácticas actuales que buscan reconciliar creación y responsabilidad ecológica. Este es el caso de las piezas Kósmesis y Ungüenti realizadas por Raquel Buj con las que participa en la muestra de Efímera. Desde Buj Studio, la artista centra su investigación en tejidos biodegradables y bioplásticos, generando piezas que oscilan entre la escultura portátil y la arquitectura blanda, proponiendo imaginar una moda como una segunda piel. Con sus vestidos, realizados con la combinación de técnicas artesanales descritas en textos de la antigüedad e impresiones digitales 3D, busca establecer una relación armónica entre estructuras funcionales y sensorialidad, entre el cuerpo y su entorno natural.
De manera complementaria, Alexandra Knie, al trabajar con algas y técnicas textiles, introduce una memoriaque remite al origen marino de muchas fibras sintéticas y a la fragilidad de los ecosistemas acuáticos. Sus piezas no son meros ejercicios estéticos, son materia de reflexión sobre hibridación, cuidado y responsabilidad ecológica, son recordatorios delicados de que cada hilo puede contener una historia. En Little Collection of Bio-Fusion Experiments (Algae), las formas marinas intervenidas con hilos fluorescentes adquieren una apariencia ambigua, entre organismo real y criatura mutante, sugiriendo la tensión entre especies autóctonas e invasoras en un mundo globalizado. En Hybrid Tissue Study (Posidonia oceánica), la estructura textil que imita el tejido celular marino funciona a la vez como sostén y como red simbólica, oscilando entre protección y captura. Con gestos artesanales y materiales orgánicos, Knie convierte el tejido en metáfora de los entramados ecológicos que habitamos, recordándonos que cada fibra participa de una red mayor donde lo natural y lo humano ya no pueden pensarse por separado.
La muestra de la sala Y de Efímera presenta una reflexión alejada del simplista discurso corporativo verde de otros contextos. Los artista aquí presentados, a través de sus investigaciones biológicas y la experimentación de biomateriales, recuperan esa conciencia desde la urgencia contemporánea de repensar cómo nos relacionamos, producimos, vestimos y habitamos el mundo.