ALEJANDRO HERMOSILLA.

Sobre guerra, batallas épicas, literatura y arte. Un pasaje de una novela inédita de Alejandro Hermosilla

Alejandro Hermosilla

Sobre guerra, batallas épicas, literatura y arte.


Un pasaje de una novela inédita de Alejandro Hermosilla

El surrealismo le debía todo, absolutamente todo, a Los cantos de Maldoror. Si no hubiera sido por el talento de André Breton y sus compinches, aquel movimiento no hubiera sido más que un hueco, una intrascendente broma en la historia del arte. Un chicle en una ventana que de tanto en tanto alguien miraría por curiosidad. Una pluma de pavo real colocada en la elegante chaqueta de unos cuantos embaucadores empeñados en convertir el arte en su negocio. Si André Breton hubiera sido un hombre honesto hubiera denominado o bien maldorestos o bien manimalrestos a los manifiestos surrealistas porque se lo debían todo al conde de Lautréamont. Probablemente si Breton no tomó esa determinación fue por su deseo de destacar, de dejar su nombre impreso en la historia de la literatura. Su necesidad de que todos habláramos de él como fundador de un movimiento que fue el único que supo transformar en un arma contra el Estado, y la atonía consumista fue Luis Buñuel. Un hombre consecuente con sus ideas, cuyas risas eran verdaderas, emergían de su vientre, y al menos permitían rememorar las carcajadas de los cuervos y las grietas de las tumbas en los cementerios. Tal vez mencionaría también a Salvador Dalí como un icono importante del surrealismo. Sobre todo, porque a diferencia de la mayoría de pintores de su siglo, sí que sabía dibujar. Era una mezcla perfecta de artista renacentista y gótico. No obstante, el pintor catalán poseía un inabordable ego que no le permitía olvidarse de sí mismo y, al final de su vida, parecía más una caricatura, una estampa cómica, que un gran artista.


No era propiamente un surrealista pero también mencionaría a Marcel Duchamp entre los creadores que traspasaron los espejos cóncavos y caminaron más allá. ¿Cómo no hacerlo? Marcel Duchamp era un hombre refinado. Un caballero frío y maquiavélico. Analizó bien las imposturas de su sociedad y del mundo artístico y actuó en consecuencia. Introdujo un urinario en una sala de arte. Y, desde entonces, la escultura y la pintura se convirtieron en música, los cocineros y jardineros en grandes, excelsos artistas y los reyes comenzaron a vestirse como vagabundos. Las reglas dejaron de tener sentido. El orden fue caos, el hombre Dios y Dios un triste mendigo. El negocio se convirtió en arte y el arte pasó a ser magia, robo, timo, superchería. Duchamp logró que el arte pasara a ser lo que decían los artistas que era. Convirtió todas las actividades artísticas en un casino. Una partida de póker. Importaba más el prestigio o la firma que la obra. El arte se convirtió en un maletín de dinero, dinero negro, dinero procedente del tráfico de armas y de drogas. El arte era un bidet donde limpiarse los pies. Un cubo de arena bendecida por el chivo y las cabras.


Marcel Duchamp tenía maneras de mago. Sabía colocarse perfectamente los pañuelos en el cuello. Había observado pacientemente cómo lo hacían los millonarios y controlaba perfectamente el arte de anudarse el pañuelo. Se ajustaba también las corbatas con absoluta precisión. Posaba en las fotografías con hierática, egregia seriedad. Era un Fausto posmoderno. Se rodeó de un magnético aura que le permitió mostrar y pasear su urinario (al que colocó unas ruedas y consideraba una mascota) por los castillos de media Europa y los más prestigiosos museos donde era recibido como si fuera Leonardo da Vinci. Un inventor, un príncipe, un enorme escultor. Un revolucionario o el mismísimo diablo. Cuando, a decir verdad, no era más que un señor sincero. El menos cínico de todos los artistas cínicos. Alguien que se atrevió a mentir, como ha de hacerlo un verdadero vanguardista. Al fin y al cabo, Marcel Duchamp no dibujó rayas, como Picasso, no dibujó pájaros, como Georges Braque, no dibujó caricaturas, como Joan Miró. No hizo pasar por colisiones pictóricas, bombas metafísicas, explosiones artísticas lo que no eran más que meros bosquejos o caprichos de niños ricos. Básicamente, se dedicó con esmero y calma a fabricar tarjetas de presentación en las que se denominaba a sí mismo como timador. Un gesto que fue loado por los críticos y considerado una gran performance aunque no había representación alguna detrás del mismo.


Décadas antes que Warhol y su séquito de imitadores, Duchamp vio con claridad que, en el siglo XX, sería más importante una tarjeta de presentación que la obra. Más importante el negocio del arte que el arte. Ese fue su gran mérito. Hacer fortuna fabricando tarjetas de presentación. Ser un timador que no se hacía pasar por artista sino que se reconocía como embaucador y se jactaba de serlo. Como todos los farsantes, Duchamp tenía dos caras. Frente al público en general se mostraba como alguien distante. Un artista cerebral, casi incomprensible. Un artista complejo. Por el contrario, frente a los condes y nobles a los que visitaba lo hacía como un maquiavélico truhán. No tenía, de hecho, reparos en reconocer que deseaba robarles y éstos recibían alborozados su propuesta. Le abrían las compuertas secretas de sus sótanos y le dejaban que se llenase las manos de oro. No porque fueran estúpidos, no porque Duchamp tuviera un especial magnetismo, sino por el interés, por los réditos que podían sacar de alguien como el artista francés.


Porque habían comprendido que si el público aceptaba que el urinario fuera una pieza de arte, aceptarían también que las copas en las que los magnates brindaban con Duchamp fueran también expuestas y vendidas décadas después, acrecentando su fortuna. Un hermoso, redondo negocio para farsantes, arribistas, profesores, competidores, poetas y artistas sin talento a los que, en el fondo, Duchamp exponía con aquel urinario donde, según rezaba la publicidad, había orinado en múltiples ocasiones. Algo, por supuesto, falso. El urinario venía de fábrica pero Duchamp jugaba al despiste logrando así que las multitudes se arremolinaran en torno al objeto intentando adivinar el número de ocasiones en las que el artista había miccionado en él y si lo había hecho únicamente él u otros artistas y amigos suyos. Un debate aleatorio, circunstancial que si algo demostraba es que los artistas, los nuevos artistas eran orín. Mierda. Un montón de mierda.


Andy Warhol soñaba con un retrato perfecto de sí mismo. Uno en el que saliera favorecido y eternamente joven. Piet Mondrian se dedicaba a dibujar rectángulos y triángulos ajeno a la angustia de sus contemporáneos. Las masacres. El hambre. Y André Breton se jactaba de ser un ángel oscuro. Creía ser un nuevo profeta. Deseaba ser adorado. Algo ridículo. En el fondo, la mayor parte de los artistas y escritores vanguardistas del siglo XX eran muñecas de cabellos negros y ojos pintados de azul apiñadas en un sótano unas contra otras. Eran papelitos incapaces de proferir una palabra o moverse, no digo ya rugir, para cambiar su destino o el rumbo del mundo. Todos los artistas, todos los escritores vanguardistas eran leves, fluidos artistas, artistas de poco peso, artistas delgados, plumas convertidas en artistas, artistas dudosos, artistas temerosos, muñecas rotas que se creían cíclopes, gigantes, monstruos temibles.


Alejandro Hermosilla (Cartagena, 1974) es doctor europeo en Literatura Comparada por la Universidad de Murcia. Ha dado clases e impartido conferencias y cursos en universidades de Bulgaria, EUA, México y España. Ha publicado distintos ensayos sobre la narrativa de Abel Posse, Ernesto Sábato, Sergio Pitol o Mario Bellatin y cuatro novelas, Martillo (2014), Bruja (2016), El jardinero (2018) y Un reino oscuro (2022). Actualmente, escribe con bastante frecuencia sobre diversos temas (cine, literatura, música, cómic) en su blog www.averiadepollos.com y publica dos vídeos mensuales en su canal de YouTube Averíadepollos. T