El arte de lo efímero. Gotas de eternidad
Por Alejandro Hermosilla
Imagen: Vista de la exposición. Pilar Morales
Bajo mi punto de vista, existe un problema crucial en el arte contemporáneo. El artista occidental del siglo XXI habita un mundo que evita lo trascendente y lo aleja conscientemente de lo sagrado (a veces también de lo mítico) si no quiere ser excluido de los territorios del comercio.
El mundo del arte no es precisamente el ámbito más amable. Puede que la pintura, la escultura, la literatura aún contribuyan a salvar a los seres humanos. Dar un sentido a su existencia. Probablemente continúe siendo así. Pero el mundo del arte es extremadamente competitivo y no espera ni salva a nadie. Se basa, como la economía, en cifras, prestigio e influencias. Es un despiadado Leviatán que, en gran medida, obliga a los artistas a seguir unos postulados y reglas fijas, utilizar un determinado lenguaje, si no quieren ser vetados de los focos culturales y mediáticos.
El mundo del arte del siglo XXI no se diferencia tanto del político y social. De hecho, es su espejo. Es, por tanto, orwelliano pero lo suficientemente ambiguo como para parecer abierto e incluyente. Nada más lejos de la realidad. Los artistas occidentales de nuestra época se ven obligados a seguir tendencias y modas a citar a los consabidos profetas de nuestra era (Preciado, Butler, Foucault, Derridá, etc…) cuyas consignas invitan a la flexibilidad, a la ambigüedad, a la liquidez, al individualismo y a la transgresión de toda norma y valor: los valores, al fin y al cabo, del neoliberalismo, del comercio.
De este modo, por un lado nos encontramos con que los artistas contemporáneos saben, son conscientes de que deben seguir ciertas premisas para ser aceptados y bien vistos pero, al mismo tiempo, (si son realmente artistas), es más que obvio que buscarán espacios de libertad y enfrentarse a la verdad. Es muy probable que exista un anhelo de eternidad en su búsqueda y en sus obras. Pues bien, es justo en esta encrucijada donde, a mi entender, radica el interés del arte actual. En otras palabras, si yo al menos continúo interesándome por los museos, por los artistas y de tanto en tanto visito exposiciones es para comprobar cómo los pintores, escultores, videoartistas o performers trabajan y resuelven en sus obras el combate entre esos dos impulsos: el impulso social que invita a la heterodoxia, a la fragmentación y al consabido aislamiento y el impulso por la eternidad que habita en el corazón de cada artista auténtico.
Creo precisamente que esta exposición con la que se abre un nuevo espacio cultural y artístico (Efímera) en Murcia es ideal para rastrear esta lucha entre las tendencias de actualidad y los impulsos sacros (o míticos y ancestrales) que es al menos, repito, la que más me interesa a día de hoy en el arte contemporáneo.
Por un lado, tenemos a dos artistas jóvenes (Iván Arana y Pilar Acosta) y a dos más maduros (Mario Rubio y Paco Vivo). Iván concretamente explora las temáticas fetichistas. Realiza un retrato de sus vivencias por cuartos oscuros buscando experimentar su sexualidad. Dibuja sin rubor su pene como método de afirmación e investigación de su yo y filtra y retrata todo tipo de sombras a través de las que expone cómo la sexualidad libre continúa, a pesar de su actual sobreexposición, siendo considerada y valorada como un vicio en Occidente. Es territorio nocturno ideal para el sadismo, la perversión, la locura. La mancha que borra para siempre nuestra inocencia.
Precisamente lo que me interesa de la obra de Iván es situarla en un contexto mucho más amplio. Los colores que utiliza son dinámicos e inquietantes. También los soportes que utiliza para mostrar unos dibujos que en parte rememoran las viñetas de los cómics adultos con contenido sexual. Una apuesta estética que entiendo que es sugestivo entroncar con las célebres orgías romanas y las relaciones sexuales entre los griegos. Una unión que, a pesar de siglos de cristianismo, se mantiene vigente y permite entender mejor el carácter mítico de un tipo de relaciones sexuales que el Marqués de Sade y algunos de sus contemporáneos volvieron a sacar a la luz y que, en el fondo, apunta a una manera particular de negar la muerte. Es ahí, en el modo en el que el fetichismo sexual se iguala al consumismo y pretende abolir el sufrimiento por el goce que me parece muy interesante acercarse a la obra de Iván.
En el caso de Pilar nos encontramos en principio con unas obras llenas de colorido. Muy plásticas. Obras en las que los colores parecen haber sido centrifugados y cuyos trazos parecen remitir a ciertas obras abstractas y vanguardista de principios del siglo XX. Una mirada válida que sin embargo se modifica un tanto cuando tenemos en cuenta que nos encontramos ante mosquiteras. Mosquiteras que nos hablan de descanso, de siestas, de habitaciones donde las familias viven su intimidad desde siglos atrás. Pueblos, ciudades en los sus habitantes se sumergen en hogares parecidas a cuevas y se protegen del exterior. Es precisamente fijándose donde nadie mira, en los objetos que pasan desapercibidos que Pilar logra poner de relieve la importancia de lo cotidiano, el mundo interior de personas comunes. Aquellos que, de un modo u otro, nos ponen en contacto con territorios ancestrales, poblaciones antiguas donde late una vida profunda, eterna más allá de la modernidad. Algo que también queda muy claro con el biombo, una de sus piezas principales. Un objeto al que Pilar recubre de colorido pop. No tanto para convertirlo en objeto de consumo sino en joya maravillosa para que volvamos a tomar conciencia de la importancia que este mueble (y otros) disfrutaron en una época en la que la intimidad no se ofrecía a cualquiera ni tenía un precio como ocurre actualmente sino que poseía un valor innegociable. Pues entroncaba con la más pura esencia de las personas.
En el caso de Mario Rubio nos encontramos con un caminante y un inventor. Alguien que es capaz de convertir los objetos que va encontrándose por los montes, casas y calles en proyecciones fantásticas y juegos imaginativos. Las obras de Rubio son sarcásticos cortejos. Son sugestivas fiestas estéticas que nos conducen por terrenos sugerentes y sorprendentes. Hay algo teatral en ellas. Mario por un lado seduce a los espectadores y por otro los intriga. Los invita a resolver misterios mientras contemplan sus sugestivas óperas creativas. En esta muestra Mario nos presenta seductores obras que podrían pasar por pinceladas minimalistas pero que creo que más bien nos invitan a pensar en los engaños de la época barroca. En ellas destaca un icónico objeto inerte recogido de la tierra que podría asimilarse por su forma con una serpiente que nos remite al mundo natural, al paraíso perdido. Tengo la impresión de que Mario nos está sugiriendo que las mentiras del mundo del arte contemporáneo y de nuestras sociedad están relacionadas íntimamente con la corrosión de los bosques y montes que realizamos diariamente. Si el arte finge es porque el hombre oculta su alma y no hay mejor prueba de ello que la corrupción de la naturaleza que permite vestir a las ciudades de gala. El artista contemporáneo está obligado a mentir porque su cultura es falsa y atenta contra los paraísos naturales. Dejarse tentar por la serpiente hizo creer a Adán y Eva que eran dioses.
Por último, nos encontramos con un artista proteico, pasional y profundo: Paco Vivo. Un artista que plasma perfectamente en sus creaciones el caos contemporáneo. Lo que no significa en absoluto que sea un nihilista. Porque precisamente si por algo se caracterizan sus obras es por buscar arquetipos humanistas o angelicales, expresiones sobrenaturales y profundamente humanas en medio de los huracanes movedizos en los que se desenvuelve actualmente la cultura.
Paco no es un autor posmoderno porque no apunta al vacío. Su búsqueda está llena de fuego. Sus obras poseen un aura, un trasfondo que va más allá de ellas mismas. Muchos de sus cuadros son laberintos a través de los que se vislumbra el corazón humano. La tristeza, la conciencia, el llanto, la lucha por encontrar un sentido en medio de territorios densos que permiten entroncar el viaje personal de Paco y el de nuestra cultura con los realizados por los grandes poetas y artista de antaño. Paco es barroco y alude al mundo mítico o a Roma porque es consciente de vivir en medio de maremotos sociales y culturales. Su obra es como un barco en el que se reflejan las ondulaciones de los mares. Una embarcación que continúa navegando hacia los abismos con la sabia ilusión de encontrar allí una luz, una voz. La iluminación dionisiaca.
El arte contemporáneo suele ser, ante todo, una intensa y (a veces) fascinante experiencia estética. Estoy convencido de que los asistentes a la exposición la disfrutarán mucho visualmente. Pero para que la experiencia sea completa deberían gozar también de su contenido. No entrar a ella como si estuvieran paseando entre uno de aquellos célebres gabinetes de curiosidades de antaño. A este respecto, confío haber ofrecido pistas, signos, señales para que los espectadores reflexionen. Ninguna obra surge porque sí ni se encuentra sola en el vacío. En el espíritu del ser humano continúa existiendo el ansia de eternidad. Por ello es esencial preguntarnos qué hay detrás de los cuadros, esculturas o fotografías que contemplamos. Cómo podemos conectarlos con el pasado y con el futuro. Pues es gracias a estas indagaciones que lo que parecía pasajero y efímero revela el anhelo sacro, eterno y absoluto que aún se esconde, late en el corazón de los seres humanos.