Entrevista a Elena Azzedín
El textil ocupa un lugar central en tu práctica. ¿Qué te interesa de este material y qué posibilidades encuentras en él que quizá no aparecen en otros lenguajes o soportes?
Hay numerosas razones que he ido descubriendo a lo largo del tiempo. Estéticas, históricas y prácticas. En cuanto a la estética, creo que son materiales que establecen una relación íntima con las personas. Es el material que mantiene un contacto físico con nosotras, sobre la piel, en la ropa y en la cama, sobre nuestras mesas, si aún usamos mantel, cortinas, servilletas; nos cubren, nos protegen, nos aíslan del sol y de la mirada del vecino. Pertenecen en su mayoría a la esfera de lo doméstico, por lo que los considero materiales que resultan familiares.
A nivel histórico, el hilo puede que sea una de las primeras tecnologías del ser humano, desde el Paleolítico. Hay un podcast maravilloso que se llama Historia y moda, en el que se comparte una investigación exhaustiva y rigurosa sobre el textil y su carácter político en todas las épocas. Me interesa revertir la idea de que sea un material de uso doméstico y elevarlo a otras categorías.
Y a nivel práctico, he sido una persona bastante nómada, y lo sigo siendo, aunque ya llevo once años viviendo en el mismo pueblo. Sigo yendo con mis bártulos de aquí para allá, y una tela y un puñado de hilos o de lanas son un ligero equipaje. Entre los muchos problemas con los que los artistas tienen que lidiar están el almacenamiento y el traslado de su obra y sus materiales.
En tus trabajos, el tejido deja de funcionar únicamente como superficie para convertirse en volumen, estructura o incluso arquitectura. ¿Entiendes tu trabajo como una forma de escultura expandida?
Me interesa retar la concepción que tenemos sobre los materiales. Usar el hilo como escultura o incluso intentar modular la arquitectura me parecen formas de expandir sus usos. Hay toda una genealogía, mayoritariamente femenina, que ya retó las nociones de escultura, firme y duradera debido a materiales como el bronce o la piedra, para incorporar la escultura blanda y la instalación, cuya permanencia es efímera. No obstante, en buenas condiciones de conservación, los tejidos pueden tener una larga vida, como demuestran las envolturas funerarias en lino de los faraones o algunos tapices de épocas muy lejanas que han llegado hasta nuestros días. Así que su vida como obra de arte puede exceder varias generaciones si esa fuera su finalidad.
También me interesa profundamente llevar estas prácticas feminizadas y domésticas a la esfera pública, entender su potencia como obra de arte y desdibujar las fronteras entre artesanía y arte. En los últimos dos años el auge del arte textil es abrumador, pero hasta hace muy poco pertenecía a los muchos trabajos invisibles vinculados a los cuidados y a lo doméstico.
Tus intervenciones mantienen una relación muy directa con los espacios que ocupan. ¿Cómo condiciona el lugar el desarrollo de una obra y hasta qué punto trabajas a partir de sus características concretas?
Es la forma de trabajar que más me mueve. Para mí todo es un diálogo: algo —íntimo, personal— que se está moviendo dentro de mí se revela en un espacio, porque ese espacio también tiene su identidad, material e histórica, con la que se establecen resonancias. A menudo mi obra incorpora texto, o es puro texto en forma de escultura. Me he preguntado muchas veces por qué utilizaba medios plásticos para volver al lenguaje verbal del que supuestamente queremos desprendernos cuando usamos lenguajes artísticos. Me di cuenta de que las palabras son la forma más rápida de crear una escultura, eso sí, efímera e inmaterial. Si te digo “roca”, de forma inmediata tu mente la construye y la ve. Puede que sea distinta a la mía, pero se manifiesta.
Mi carácter extremadamente social me ha mantenido siempre lejos del aislado mundo del estudio del artista, y esta es mi forma de crear en la vida cotidiana. Así que cuando por fin me sumerjo en un proceso de materialización de mis ideas, ahí me veo, bordando o tejiendo palabras que hablan tanto del lugar como de mí. A pesar de ser textos sencillos, palabras o frases directas, el lenguaje es siempre polisémico y deja huecos por los que entrever. A veces el texto y el material se vuelven recíprocamente literales. Eso me divierte; es un lugar de encuentro entre mis inquietudes.
En algunas piezas, el público no parece limitarse a observar, sino que su presencia y su recorrido terminan activando la obra. ¿Qué papel te interesa que tenga el espectador y qué tipo de experiencia buscas provocar?
Me fui de casa muy joven y viví la vida, en la que el arte no era más que aquellos paseos por el Prado que algunos domingos daba con mi abuelo y cuyos cuadros me parecían siniestros. No fue hasta los 23 años que me puse a estudiar Turismo y, durante el viaje de estudios, al llegar bajo la cúpula de la Catedral de Florencia, la profesora nos hizo detenernos, mirar hacia arriba y nos dijo: “Y aquí entramos en el Renacimiento”. Lo que sentí me hizo dar un giro y matricularme en Bellas Artes en la UPV de Bilbao. El Guggenheim era donde pasaba muchas de mis tardes y empecé a recorrer todas las salas de arte, que son muchas, que ofrece el País Vasco. No entendía por qué el arte estaba tan alejado de tanta gente; apenas los grafitis y las pinturas murales relegados a las periferias de las grandes ciudades formaban parte del imaginario común. Un mundo se abrió ante mí, el lenguaje de lo sutil y de lo sensible, cuyos códigos están en constante transformación y apertura. Había encontrado un prisma, un tesoro que ampliaba la mirada y permitía ver la realidad de muchas formas, y ese descubrimiento sigo teniendo la necesidad de compartirlo.
Mi amigo y artista Raúl Candela dice: “El arte tiene que transformar al menos a quien lo practica”, y yo lo creo, y por eso quiero que todo el mundo participe. El arte es para mí apertura y una forma de conocimiento en un sentido muy amplio; es una riqueza que puede estar al alcance de todos. Es detenerse, tomar conciencia, mirar desde otro lado, pensar, sentir, encontrarnos con los otros y con cada material, cada historia, que siempre son muchas. Y a veces mis intervenciones han consistido en crear un tiempo y un espacio para compartir historias y hacer con las manos, como hacían antes las señoras haciendo esparto o ganchillo en la acera de su casa o frente a una chimenea. Las manos piensan y nos enseñan el mundo de otra forma.
¿Qué suele activar el inicio de una pieza y qué artistas, disciplinas o referentes han sido importantes en la construcción de tu lenguaje?
A veces un susurro, un latido, y otras, mirar un lugar como si fuera un espejo y ver qué veo de mí en él. El verbo “ser” en alemán, Ich bin, proviene de habitar y cultivar. Eso es lo que me mueve: cultivar una relación, habitar el sitio y que otros lo construyan o lo habiten conmigo, aun cuando yo ya no esté ahí. Cuando tejo texto en una valla que habla tanto del lugar como de mí, lo considero como un grafiti lento; me requiere días en ese lugar, formar parte de todo lo que ahí acontece. Es también una danza y lo que queda, una escultura en un sentido amplio del término.
Mis referentes: Louise Bourgeois, por sus esculturas blandas; Tracey Emin, con sus patchworks; Jenny Holzer y sus mensajes de amor en vallas publicitarias; Barbara Kruger. Ellas y muchas otras abrieron el camino y crearon una genealogía que nos liberó de la idea de lo universal para dar paso a lo íntimo, y que nos hizo ver que lo personal es político: lo que te pasa a ti les pasa a otres, y esto genera un diálogo que va más allá de la autoexpresión.
Y los artistas que me han rodeado, Selu Herraiz, Abraham Hurtado, Pia Achternkamp, Juan Conesa, Ana Martínez, Sergio Sotomayor, Meri Moreno, Raegan Truax, Pati d´Lirio, ahora Aurora Rodríguez, Carlos Cotes, Kokoa Kolor, Lorenzo Sandoval y Zineb Achoubie, con quienes he pasado cientos de horas pensando y hablando sobre el arte y la vida, son sin duda alimento del alma. Algunes de elles han dejado de crear porque perseverar en este camino es arduo, pero la forma de mirar que produce el arte ya nunca te abandona.
En el desarrollo de mi pensamiento crítico, que considero fundamental para la creación artística, ha habido personas clave: mi compañera del extinto colectivo de arte-educación Medusa Mediación Patricia Raijenstein; Javier Fuentes, la inteligencia “no artificial” más brillante de la que los amigos disponemos; Gustavo Sanromán, y mi aita, que me hacía cuestionarme todo desde la adolescencia.
Tu trayectoria está muy vinculada a AADK Spain. ¿Qué ha supuesto este proyecto en tu desarrollo profesional y en tu manera de entender la creación, la investigación y el trabajo con otros artistas?
Sí, aquí podría continuar rellenando hojas con otros nombres de artistas que me inspiran. De hecho, estoy comenzando una serie de trabajos que son respuestas a obras de personas que he conocido y que son profundamente inspiradoras: una relación epistolar plástica. Ya llevo tres piezas: una respuesta a una obra de Raegan Truax, otra a una de Mónica Candela, y ahora estoy respondiendo a Carlos Cotes. He tenido la suerte de vivir el interior de sus procesos creativos. Son trabajos comprometidos y honestos que trascienden el objeto artístico que producen; son formas de habitar el mundo.
Aunque la dedicación que requiere un proyecto como este, en el que durante once años he acompañado los procesos de casi setecientos artistas de todo el mundo, no deja mucho tiempo para crear una voz propia. Siento que mis diálogos con ellos son una parte material de lo que generan y eso es muy satisfactorio, aunque no figure, porque no lo es, mi autoría. He priorizado este rol, el de acompañar, profundizar, cuestionar y alimentar sus ganas de seguir creando. Considero que, más allá de los logros individuales, estamos aportando otra mirada a la realidad, hoy más necesaria que nunca. Un espacio seguro para adentrarse bajo la piel de las cosas, detener el tiempo para pensar y sentir y compartir con otres.
Vivir y trabajar en el Valle de Ricote implica situarse fuera de los grandes centros artísticos y mantener una relación muy directa con el territorio. ¿Qué importancia tiene esto en tu concepción personal y profesional de la práctica artística?
Esto, la verdad, es algo que se ve más reflejado en nuestra propuesta curatorial, ya que el proyecto propone que los artistas vinculen su trabajo con el territorio. En mi obra personal reconozco que el paisaje me abruma, no sé qué puedo aportar. Me alimento de vivir en un entorno con la naturaleza tan presente. Cuando salgo a trabajar fuera me falta mi paisaje mediterráneo; tengo el Valle de Ricote grabado en mi retina y ya no puedo vivir mucho tiempo sin él. Pero a la hora de crear, yo dialogo más con lo humano y, por extensión, con su vínculo con el entorno natural. Me preocupa cómo nos estamos relacionando con la tierra y con el paisaje, y eso me lleva a pensar proyectos relacionales que promuevan una mirada ecofeminista. En este sentido, pensamos proyectos centrados en la escucha y en una ecología social y medioambiental.
¿En qué estás trabajando ahora y qué proyectos o nuevas líneas de investigación te gustaría desarrollar próximamente?
Como he comentado, estoy creando piezas que responden a obras de artistas que han pasado por mi vida y por el proyecto de AADK. También, gracias a la práctica de muralismo de Carlos Cotes, he empezado a ir con él a pintar en los muros de fábricas abandonadas. A ese proyecto lo llamo Las habitantes silenciosas. Rastreo las plantas espontáneas que crecen en estos lugares y las retrato a gran escala. He hecho una primera silueta de 5 metros con pintura plástica de una Nicotiana glauca, con la ayuda de Carlos, pero luego he descubierto que puedo dibujar a esa escala con carboncillo. Me gusta este material porque es más inocuo y efímero, como lo son las retratadas.
La otra línea que estoy comenzando es la de visibilizar formas tradicionales de agricultura, antes de que el siglo XX nos convenciera de que la única forma de cultivar es matando todo el ecosistema y alimentando de forma artificial solo lo que cultivas. Creo que el campo no puede ser una fábrica llena de tóxicos, sino un ecosistema que cuidamos y nos devuelve sus frutos. Me interesa crear obra física y proyectos relacionales que promuevan estos valores. Ahora quiero crear unos tablachos en cerámica y hormigón con bajorelives de las plantas espontáneas que el riego por inundación alimenta y que sostienen el suelo. Se trata de una defensa de “las malas hierbas” que nos recuerde que son nuestras aliadas. Entender el paisaje como ecosistema del que formamos parte y no como mero recurso. Creo que el arte aún tiene la capacidad de mover conciencias.